con el fin de que el desvío entre el dato y lo posible siempre sea siempre menor. La fe es misteriosa confianza en el Creador y es misteriosa intuición en nuestra capacidad de hacerla.
La historia humana, solamente con la razón, estaría más bien retrasada, con la fe los hombres han logrado superar los puntos de inercia y a desafiar lo que la razón juzgaba imposible. La fe es el medio más directo y eficaz para hacernos hombres y hombres divinos. Yo creo que Jesús y María la habían ejercitado hasta la enésima potencia. La tradición relata sus privilegios, pero para mí, ellos han usado sólo los medios, los instrumentos y las posibilidades que cada hombre posee. Y es por esto que a los ojos de los hombres son grandes, por su humanidad. Y es precisamente su humanidad, en comunión con la nuestra, la que han experimentado hasta el final, hasta hacerla trascender en lo divino. Jesús quizás sabía su descendencia del Padre pero, de todos modos, no le ha servido para cambiar su historia humana; o sería mejor decir, que es su historia humana la que le ha revelado plenamente su origen divino. María, en cambio, no sabía, ella experimentaba la fidelidad a su deseo y esta fidelidad la ha llevado a encarnar, como propio hijo, a su Creador. Yo no puedo sino continuar insistiendo en la contemplación de la historia de María para que ésta alcance la historia normal de cada hombre. Cada hombre tiene en su deseo-exigencia la imagen de la plenitud que podemos nombrar como lo divino para lo que estamos llamados y que, concretamente, quiere decir: compartir la felicidad de Dios. Aquel que María ha descubierto y vivido en lo íntimo de su corazón. Jesús lo ha revelado al exterior como su propia vocación específica de dar testimonio al proyecto y al amor del Padre. Lo que de todos modos es importante en la fe, también como escucha de la Palabra, es la actitud personal. Actitud que no es que sea también una adhesión al mensaje más bello de la historia, sino que es un descubrimiento personal, íntimo que te conecta inmediatamente con el Creador y te revela su amor y la importancia que tú tienes para El. Descubrimiento que te hace ver a Dios que crea y ama contigo. Descubrimiento que te hace libre y señor del universo, porque te arraiga en tu amor que has conocido y que no es diferente del de Dios. Descubrimiento que ya no te hace temer el mal, ni la muerte porque la fe los ha cancelado y en su lugar ha nacido el coraje de actuar para vencerlos. Descubrimiento que te hace ver en el corazón del hombre la nostalgia de su Patria: la comunión con el Padre de todos los vivientes y, al mismos tiempo, la comunión con todo lo que existe La fe te hace mirar siempre adelante, te hace ver tus posibilidades realizadas, alimenta la creatividad para que lo que ésta anticipa en la visión, sea realizado y encarnado por la creatividad de tu mente y de las manos de tu corazón. Yo creo que la fe de los cristianos es la esperanza más apasionante a la que puede llegar la imaginación de los hombres. Es la experiencia de una relación personal, íntima con tu Creador, mediante el testimonio de Jesús, que te hace partícipe en primera persona de la obra de su amor y de su creación: es hacer con El todas las cosas. Y no temer al mal porque lo ve derrotado por la fuerza del amor de Dios y del amor del hombre, empezando por tu amor. Si tú crees y amas no podrás jamás ser un pesimista, porque ves la historia en su camino de plenitud.¿Qué han de temer, ahora, estos hombres tocados por Dios e implicados por su amor y creación? Algo hay que temer. Es que la imagen de este amor, de esta fe, de las posibilidades del hombre y la imagen de Dios mismo, sea degradada por una práctica religiosa que, de ser el camino religioso de los hombres hacia lo divino, se ha convertido en el recinto del que no se arriesga ya a salir. En cambio, el otro peligro es el de perder la centralidad de la persona, que es propio de la civilización occidental, cayendo en el relativismo cultural y científico que, mezcla culturas y conquistas de la humanidad, homologando cada expresión al mínimo común denominador, volviendo así opaca la diferencia e imposibles los intercambios como don original, anquilosándonos en el respeto a la nada. La práctica religiosa es un instrumento, no un fin, y no es ni siquiera el primer instrumento, porque para los cristianos es la fe en el hombre Dios, “Jesús” en el que está comprendido el Creador y la criatura. Fe en Jesús quiere decir, fe en aquella persona precisa que me revela el rostro del Padre y el rostro del hombre en su plenitud. Dios y hombre, con Jesús, no podrán ya jamás estar divididos, porque ambos estarían incompletos y sin sentido. En efecto, si para el hombre el sentido de la propia vida viene dado por el amor de Dios, también para Dios el sentido de su felicidad es dado por el compartir del hombre. Estos hombres, por lo tanto, tan importantes para Dios y destinatarios de un futuro de felicidad ¿cómo pueden vivir su fe en el hombre y en Cristo en este comienzo del tercer milenio? Siempre me ha maravillado la dificultad que tienen los hombres normales para testimoniar su fe. En esta costumbre permanecen solo aquellos que son llamados integristas, fundamentalistas o un poco locos. Como si fuera una vergüenza. Yo no he aceptado jamás considerar como creyente a un hombre cerrado, triste, lleno de deberes y de culpas, absolutista, n o abierto al diálogo y a la diferencia….Porque es mi experiencia de fe la que me hace gozosa, llena de esperanza en el futuro, confiada en los hombres y radicada en una libertad, que es la medida del amor de mi Creador. Desde esta experiencia me es fácil acoger la diferencia de cada hombre como el don más precioso que yo puedo alcanzar de toda criatura, y el dialogo con las otras culturas y religiones, siempre es un gran estímulo para mí, para profundizar en los recíprocos contenidos humanos y para medir cuánto de amplio es el recinto de la religiosidad católica más que los otros…a pesar de todo. Sin embargo no me olvido jamás de relacionar la fe como experiencia personal diferenciándola de la religión, que es un camino común histórico hacia lo divino, un camino común de civilización. Naturalmente no renunciaría jamás al patrimonio cristiano católico, ni a la civilización occidental que se inspira en el cristianismo, pero haría la diferencia con la fe y, al mismo tiempo, no supondría ningún apuro para mí, profesar esta fe porque ella me da los criterios de lectura de mi misma y del mundo a través de los cuales es posible actuar para realizar el cambio. La acción de los que tienen fe es confortada por la toma de conciencia de actuar con Cristo y es también, la posibilidad de ver empleada la creatividad humana para el cambio cualitativo de la humanidad, en vez de usarla sólo para el egoísmo y la omnipotencia. La fe es lo que nos permite tener confianza en la actuación humana que, sin embargo, produce enormes contradicciones y, precisamente, porque es humana, es susceptible de ser rescatada y reconducida a la armonía y al bien común. El cristiano puede pedir a Dios que saque el bien de sus errores, de su mal. Esto no es, evidentemente, una justificación para la mala voluntad, ni para la irresponsabilidad. El cristiano es, precisamente, aquel que puede mirar al futuro sin miedo porque, además de creer en Dios, tiene confianza en la creatividad del hombre, no sólo cuando ésta es arte y poesía, sino también cuando se traduce en conocimiento, en ciencia y en técnica. El cristiano sabe qué cualidades e instrumentos son necesarios para transformar el mundo que le ha sido confiado y completar nuestra creación. Los que tienen fe ya no pueden continuar quedando escondidos, no pueden dejar aparecer como cristianos sólo a aquellos que tienen miedo y que, para defenderse de sus miedos, usan vincular las conciencias y piden a los diferentes poderes que sean rígidos e intolerantes para defender los valores en los que creen. Estos temen la diferencia, porque no han experimentado jamás el poder de la persona que hace de cada individuo un ser único, original y absoluto y rechazan el diálogo con las culturas y las religiones porque confunden la religión y la cultura con la fe. Nosotros debemos demostrar que no tenemos estos miedos, porque estamos enraizados en la fe que nos hace comprender, ser y ofrecer. Las religiones y las culturas son respetadas en sus ámbitos y no son contrapuestas, sin embargo, su legitimidad universal es medida por la cualidad intrínseca de sus mensajes para desarrollar al hombre y ponerlo en dinámica hacia su plenitud. Y ya que cada hombre, antes de ser religioso, es hombre, no puede no sentir como propia la exigencia de plenitud y de comunión con todo otro hombre. No podemos dejarnos representar por posiciones intransigentes, antidemocráticas y antihumanas. Debemos actuar con claridad y pretender que nuestra identidad de cristianos, hombres que tienen fe en Cristo y en el hombre, esté señalada: -por la confianza en la humanidad común-por el valor de cada persona individual en su diversidad radical-por la tensión incesante para orientar la creatividad de los hombres para la expresión de sí mismos y del bien común-por proyectar la historia como historia de comunicación entre los hombres-por buscar juntos la armonía del mundo y para comunicarnos, el uno al otro, la imagen del Padre que tenemos dentro de nosotros Debemos dar testimonio de nuestro amor, de nuestra libertad, de nuestra inteligencia, de nuestra razón, de nuestra esperanza y creatividad y de nuestra sabiduría, que nos revela la grandeza de cada hombre que comparte la humanidad con Cristo. Si para el tiempo histórico este testimonio es indispensable para afianzar los valores humanos y cristianos fundamentales, para nosotros, para este grupo de personas que se estrecha alrededor de María y para Nova Cana es importantísimo, para que nuestra esperanza y nuestra creatividad no queden enganchadas en las incertidumbres que llevan a la parálisis y a reflexionar en el pasado como refugio, antes que continuar construyendo el futuro. Perderemos nuestra historia, nuestra búsqueda y volveremos banal el mensaje y el acompañamiento de María en esta época importante para la humanidad. Por esto os he convocado. Es importante, en este momento, dar testimonio de nuestra fe como hombres libres, conscientes y responsables, porque el mundo está atravesando tres clases de peligros. Primero: el relativismo cultural-religioso que pone en el mismo plano a todas las culturas y religiones, sin tener un punto de referencia para el juicio. Segundo: la desconfianza en la razón humana ya que, en su omnipotencia, ha producido más instrumentos de muerte que de vida. Tercero: la globalización, o sea, el vivir en contemporaneidad con todo el mundo. Estos, que podrían ser los verdaderos peligros, yo los veo, sobre todo, como posibilidades, como umbrales para superar los límites graves. La solución del primer problema, el del relativismo cultural-religioso, puede llegar a ser la ocasión para poner en confrontación las visiones particulares del hombre y ver cuál responde más a las expectativas del hombre mismo que, estructuralmente está dirigido al futuro y a su plenitud. Acaso es la oportunidad para comprender, todos juntos, qué es el hombre individual para tener valor y que los pueblos está hechos por tantos hombres individuales que han decidido compartir juntos un camino que ha producido una historia y civilización, pero que es un camino, no una meta. La meta es el reconocimiento de la humanidad común como valor, ciertamente, enriquecido por todas las diferentes individualidades. El coraje para decir que la humanidad común es el valor, antes que el camino que un pueblo ha hecho para expresarse, es necesario para no retroceder en las divisiones fratricidas, sino para vivir este cambio de época como un salto de calidad humana. Los cristianos, sobre este aspecto, no tienen nada que temer, sino sólo testimoniar que el mensaje intrínseco a su credo es el valor del hombre y la visión de su plenitud. El cristiano es aquel que tiene la fortuna de conocer qué es el hombre, y cuál es su fin, pero esto no podrá jamás usarlo como orgullo de la verdad, sino ofrecerlo como clave de lectura de la experiencia humana subjetiva. Testimoniar quiere decir, de todos modos, que en el lugar del relativismo y la tolerancia se pone el amor a la persona, la claridad y la acogida de la diferencia. Esta actitud es una operación de gran civilización porque es, destacando las diferencias, donde puede haber acogida, interrelación. En la homologación hay sólo incomodidad y confusión que pude desembocar en la violencia, porque cada uno se siente desposeído de su unicidad personal en nombre de una convivencia genérica. El segundo punto, que es la desconfianza en la razón humana, es todavía más grave porque toca un punto neurálgico para el ser humano. Punto que lo cualifica y da sentido a su actuación. La razón es lo que nos distingue de los animales. La razón es la que encuentra las razones de nuestro ser en el mundo. La razón es lo que ha hecho humanidad, civilización y desarrollo. Es también aquella facultad que nos puede llevar a la omnipotencia, a hacernos vivir en antagonismo con todo y todos, pero no por esto deja de ser una de las cualidades más importantes del hombre. En mi país para describir a un hombre que ha perdido las cualidades humanas se dice: no comprende ni razón, ni ley, ni fe. Este dicho siempre me ha despertado mucho interés, porque unía la razón, que es propia del individuo, con la ley que es propia de la comunidad, con la fe que es precisamente la relación con lo divino. En este dicho el pueblo expresaba un concepto completo del hombre y de la historia. Por eso no podemos perder la confianza en la razón humana, porque perderíamos nuestra misma humanidad. La razón, efectivamente, es indispensable para construir la civilización y la convivencia y, sí nosotros aprendemos a usarla como instrumento de la fe, ésta podría realizar lo que la fe es capaz de ver, liberándola de su ámbito finito y podrá experimentar que, no sólo sabe producir instrumentos de muerte sino que, sobre todo, puede realizar instrumentos que dilatan la vida y la cualifican siempre como más humana. La razón sin la fe produce finitud, pero cuando está iluminada por la fe es el principal instrumento para acelerar el camino del hombre hacia la plenitud. Todos nosotros debemos aprender a usar nuestros instrumentos según las más profundas exigencias de nuestro ser. Entonces ya no nos equivocaremos, porque cada facultad y cada instrumento está al servicio de toda nuestra persona. Y si toda nuestra persona quiere el bien, la creatividad les indicará las nuevas vías para legitimarlo y la razón sostendrá la factibilidad Y la legitimidad. Es necesario testimoniar la bondad de la razón porque esta es humana, debemos hacerlo junto a los creyentes y sobre todo hacia los laicos los cuales, habiéndola usado separada de la plenitud de la persona y de la fe, han experimentado la finitud. Es necesario tener el coraje de decir también a estos que, si no pueden creer en Dios, por lo menos observen con limpieza el deseo- exigencia que desde siempre impulsa a los hombre a superar los propios límites, a no conformarse jamás con aquello que alcanzan sino a buscar continuamente una ulterioridad a aquello que son. También los laicos tienen necesidad de la fe- si no en Dios, por lo menos en el hombre- para continuar la convivencia humana. La crisis de la razón es, efectivamente, sobre todo, una visión finita del hombre y del mundo, que el hombre no puede aceptar porque es totalmente ajena a su deseo. La razón, como todas las otras cualidades humanas, no puede dejar jamás la humanidad del hombre para que el hombre pueda reconocerse y reconocer su propia humanidad y la de los demás. El tercer punto: la globalización, contemporaneidad mundial de todos los fenómenos, es el más nuevo, el más ambiguo y el más fascinante de los peligros. Todo lo que se ha dicho sobre la profunda interdependencia de la familia humana ahora es real y nos asusta…Quizás nos asusta porque en las expectativas más secretas del ánimo humano este acontecimiento se presentaba cargado de cualidades humanas. Un encuentro entre personas, entre pueblos y culturas pacificadas por el reconocimiento de la humanidad común como valor y la diferencia acogida como don recíproco…Pero todavía no es así…Por ahora los fenómenos negativos de la globalización recaen sobre muchos, mientras que los positivos sobre pocos. Esto nos hace sentir a nuestra civilización, el progreso, la técnica y la democracia casi como un fracaso. Pone en duda los ideales de paz, de justicia y de hermandad que han marcado la cultura de los últimos siglos. El mundo se ha unificado en la información y en la economía evidenciando todavía más los desequilibrios que todavía existen en este planeta. Estos desequilibrios son ahora visibles y esperamos que para percibirlos la conciencia de cada hombre tenga un sobresalto y sepa decir: ¡no, no es este el mundo que yo quiero! Para poder cambiar el mundo, y hacer que todos se beneficien de los efectos positivos de la globalización, es necesaria la toma de conciencia de cada hombre y su máxima capacidad creativa. En vez de demonizar los desequilibrios todavía existentes es necesario sugerir las soluciones personales y profesionales que nuestra creatividad, alimentada por la fe y la razón, nos indica. El mundo es nuestro hijo, no somos ya nosotros los hijos del mundo, este es confiado a nuestra custodia inteligente. Nosotros no debemos tener miedo de ser los señores del mundo si en nuestra corazón hay fe, confianza, amor, inteligencia, razón, consciencia, cultura, esperanza y deseos de futuro. Ciertamente que, para cada cosa, se necesita interactuar personal, creativamente, confiadamente, pero actuar…El miedo no sirve; o mejor, el miedo de los buenos se hace el espacio de acción para los prepotentes…Y esta es la gran responsabilidad de quien se aparta del proceso del gobierno del mundo. La confianza en la humanidad común debe activar todas nuestras posibilidades, actuales y potenciales, para encontrar las soluciones a todos los desequilibrios que hemos producido y que son propios de un mundo en evolución. No es necesario olvidar jamás que la capacidad de guardar, embellecer, transformar el mundo es el fin de la creatividad humana, la cualidad, junto al amor, que más nos hace asemejar al Creador. La globalización es, por lo tanto, una oportunidad extraordinaria para todos. No podemos dejar actuar sólo a los egoístas intrépidos. La nueva narración de la que tanto se habla es la capacidad para prefigurarse un mundo donde la libertad, la justicia, la belleza y la paz serán el resultado de la creatividad responsable de cada uno de nosotros, expresada en la actuación por un mundo feliz. He tocado los argumentos que suscitan nuestra esperanza y también nuestro miedo para reafirmar con fuerza, una y otra vez, que el hombre, cada uno de nosotros, es artífice y responsable de cuanto sucede a nuestro alrededor y en el mundo entero y que la acción más sencilla y más concreta es hablar creativamente, críticamente, no teniendo ya miedos sino, finalmente, comportarse como personas maduras y responsables que no delegan ya en ninguno su soberanía personal: ni en el terreno religioso, ni en el político, ni en el económico, ni en el cultural, sino que saben vivir todas estas dimensiones de una manera personal y soberana, en comunión con todos sus semejantes de buena voluntad. Debemos reconocernos hombres que tienen el coraje de sus pensamientos y de sus acciones y que no se avergüenzan de ser creyentes, habiendo comprendido totalmente que la fe es la capacidad para ver y no temer el futuro.

Angela Volpini - Casanova Staffora, 30 de septiembre del año 2000
…¿Qué es, por tanto, esta fe que permite a cada hombre desafiar a la opinión pública, a las instituciones no democráticas y hacer frente a atroces martirios o aislamientos peores que la muerte? La fe mueve montañas y hace la vida entusiasta, llena de sentido y de alegría, tanto que es preferible morir por ella, antes que renunciar. Por lo menos así lo testimonian los mártires antiguos y modernos. La fe nos permite ver la realidad, no sólo por lo que es, sino también en cuanto que es susceptible de ser y de dar impulso a nuestra creatividad con
Coraje y creatividad de la fe
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