relación es su inmensidad posible, siendo el amor, su identificación originaria. Quien no elige el amor no puede percibirse como fuente creativa, y como consecuencia toma el camino del dominio. El dominio es la carencia de identificación subjetiva como originaria fuente creativa. Es miedo a lo infinito posible, es la necesidad de reducir cada cosa a medida, a jerarquía, a control, poniéndose a sí mismo como equivalente general, y lo que no entra en la propia medida se hace inexistente. El dominio es la radical reducción de uno mismo y del propio horizonte. Para el dominio no hay futuro. Es como si sobre el escudo se borrase, una después de otra, toda posibilidad y se redujese el “todo” a lo que se ve, se toca, se comprende, se domina en aquel momento. Y aquel momento es toda la visión de uno mismo y del mundo. Esta fisicidad reduce al hombre a poca cosa. La actitud de cerrazón hacia lo posible hace que nazca el dominio como necesidad de control para proteger la propia existencia. La dinámica de tal actitud es la posesión, cuyo horizonte total es el poder que exige condiciones de finitud, de estatismo, de orden, de modelos, de jerarquía, de leyes para poder, precisamente, dominar, controlar, ordenar, gobernar, discriminar. Además, el hombre, alienado de su deseo, que pide transformarse en sentido, no puede poner el sentido de sí mismo en aquello que ha puesto como medida de sí mismo: las cosas. Llamar dominio al deseo del hombre, y poder, el propio horizonte, distinguir la posesión como propia dinámica, y reducir a imagen de la propia producción: es la contradicción del hombre mismo. Sin embargo en esta contradicción surge, inexplicable, su posibilidad de ser lo que se quiere ser. El amor no es contradictorio entre sí mismo y su acción, en cuanto que este es creación y su acción es apertura; es decir, relación creativa. Su horizonte no puede ser sino lo infinito posible porque este es, precisamente, originaria creación continuada. No tiene necesidad de identificarse con las cosas o las otras personas distintas de si mismo porque este está identificado en sí mismo, en la propia creación infinita y está igualmente relacionado, infinitamente, con lo que está creado y se crea a través de la cualidad creativa. El hombre que ama, identificado en su mismo amor, no teme ya a lo desconocido que está contenido en la posibilidad, ésta se transforma cuando se crea, se actúa, se aparece, porque este es su infinito posible. En lo irreal del amante el antiguo deseo de ser, se hace contemplación de cuanto es y puede ser, se hace alegría por todo lo que es y puede ser. Se hace un canto: ¡qué todo sea, y que sea amor! No sé si el hombre, para llegar a ser hombre, debe experimentar la posibilidad divina en el deseo y la demoniaca en las acciones, o si el ser hombre es llevar el peso de las dos posibilidades, para que éstas se realicen en la libertad de ser o no ser amor. Sé, ciertamente, que se puede vivir para Dios o para el Demonio y sé que conviene vivir para Dios. Decidir vivir para Dios, yo lo llamo elección. Elección no ya de ser o no-ser, sino de “ser amor”. Para el hombre, esta es la posibilidad de crearse y de crear. Escoger ser amor lo pone en comunión con todo lo que es y puede ser, en cuanto que la capacidad de crear y de relacionarse es intrínseca al mismo amor como, por lo demás, es intrínseca, en el dominio de dividir, de frenar todo desarrollo humano a través del sutil engaño de medir al hombre con las cosas, poniendo de relieve el carácter de su mayor continuidad respecto a la provisionalidad del hombre. La muerte es asumida como el dato que aplasta al hombre en lo efímero, con respecto a la más sólida continuidad de las cosas. El hombre, sin embargo, continúa apareciendo en la tierra con el mismo deseo de perfección, con las mismas exigencias, con las mismas posibilidades, y cada hombre intenta dar un nombre al propio deseo, a las propias posibilidades y cada hombre, en la propia interioridad, vive lo divino aunque no se identifique siempre con éste, como por otra parte cada hombre en la propia historia y en las propias relaciones, vive lo demoniaco con lo que quizás no se identifica, pero lo considera necesario para la propia supervivencia y para la propia historia real. El dominio, que es lo que identificamos como Demonio, es lo que nosotros creemos que es necesario para vivir concretamente en la tierra. Así lo divino, al que en el deseo confiamos el sentido, en lo concreto se hace siempre más una esperanza débil y abstracta, en tanto que esta, finalmente, tiene sólo la posibilidad de manifestarse como “no sentido” de la vida como nosotros la vivimos. Por lo tanto tenemos, por una parte, la impotencia de lo divino, en el que habíamos relegado el sentido para dar sentido y, por otra parte, tenemos la cuantificación de las operaciones del dominio como demostración de “las únicas posibilidades” en cuanto realizadas. El parámetro que habíamos puesto como nuestra medida nos destruye. La factibilidad asumida como medida de lo posible y, por tanto, elocuente cualidad, es lo que destruye, lo que niega nuestro sentido más profundo. Este es el punto al que ha llegado nuestra civilización y se nos desea que no prosiga antes de afrontar la unificación entre el sentido del hombre y el significado de sus operaciones o relaciones, para que no continúe sucediendo que cada realización humana aleje siempre más al hombre de su sentido, en vez de ser su manifestación. Para que no suceda que la historia del hombre sea la expropiación del sentido y de la vida misma del hombre. Pedir a los hombres que se identifiquen con su sentido, que es el divino, que es el amor, quiere decir también transformar el significado de sus acciones en relaciones de amor. Esto quisiera decir: una nueva civilización, la civilización del amor en la que lo humano no es ya alienado por lo divino o en lo divino, ni seducido por el dominio, sino reunificado en el propio sentido originario que lo hace contemporáneo, tanto de todo cuanto es, como del propio actuar en la historia para dar al tiempo y al espacio su misma cualidad. El sentido, en efecto, es intrínseco a la cualidad humana y es sentido porque es experiencia de unicidad y de comunión. El significado es lo que el hombre hace para dar la cualidad de sí mismo a las propias relaciones, al tiempo y al espacio, para mostrarse y ser acogido. Pero sus acciones son parciales, con relación al sentido, que es total. En la parcialidad él ya no reconoce correspondencia entre el propio actuar y el propio sentido profundo y universal. El hombre, entonces, recurre siempre a más acciones esperando que la cantidad supla a la calidad y finalmente manifieste el nexo con el sentido. Su esperanza es que sea manifiesto el significado de la propia actuación histórica como plena correspondencia al sentido que él es, que se ha dado. Esta carrera no acaba jamás y frecuentemente el hombre pierde el propio sentido en las acciones que deberían expresarlo y hacerlo manifiesto. Y es en este punto donde he sido demandada porque el hombre pierde el sentido en el esfuerzo histórico por manifestarlo. Y es aquí donde he encontrado hipótesis interesantes. En realidad, el hombre en su deseo, vive “todo el deseo” de plenitud, de infinidad, de unidad, de diferencia, de comunión, de subjetividad, de encarnación. El deseo es el todo indeterminado, es la posibilidad ensombrecida de la subjetividad que nace. Subjetividad que, poniéndose a sí misma como fundamento de sí misma, no agota las posibilidades pero debe poner de las nuevas, y alargar ulteriormente el campo de las posibilidades, precisamente, porque esta se ha determinado habiendo dado comienzo a lo que no estaba y, precisamente, por eso puede dilatar la posibilidad misma. Da a la posibilidad, la posibilidad de mostrarse como diferencia y a la diferencia la posibilidad de mostrarse como comunión, y así por el estilo… Nosotros, portadores de nuestro mismo deseo, que es nuestro mismo origen (y que al mismo tiempo originamos) en cambio para determinar, nosotros, sus contenidos intrínsecos, lo dejamos sin contenido. Y pensar que son los contenidos los que piden hacerse manifiestos, identificados con nosotros mismos, con nuestra subjetividad, la que nuestro mismo deseo ha puesto como posibilidad de cada determinación. Antes que seguir el camino natural de la especificación del deseo en determinación de sentido, este es dejado en la indeterminación entre la nada y el todo. El espacio del actuar histórico debería representar todo el deseo del hombre, todo su sentido: el deseo como totalidad, el sentido como originaria subjetividad y, en cambio, no se atreve a representar nada porque éste queda indeterminado. En su sustitución las acciones humanas intentan recuperar el sentido de la subjetividad originaria, de representarlo, pero éste, desligado de la determinación del sentido, ya no significada nada; al contrario, cada acción que, en cuanto tal, es una determinación de hecho, alejando siempre más la unificación del hombre entre su ser y su actuar. No dar determinación al deseo y al sentido es hacer inútil la misma subjetividad originaria, o mejor, es reducir la realidad que nosotros ya somos, antes que a todas las posibilidades, solamente a una: el poder que “cosifica” cada operación suya. Cuando el sujeto originario, que es el hombre, todavía no ha determinado su modo de ser; es decir, si ser amor o poder, entonces se encuentra oscilando entre su deseo-sentido de amor y sus acciones que, no alcanzando a unir al sentido, son de dominio. Todavía no ha llamado, no ha creado su modo de ser, amor, todavía no ha identificado su sí mismo con el amor, como ha hecho con su subjetividad: esta está determinada, entonces, por “el yo soy”, mientras “el yo soy amor” está todavía en el deseo, en el sentido indefinido. “¿Sí coméis el fruto de aquel árbol conoceréis el bien y el mal” es, por tanto, la tentación y la debilidad de la historia del hombre? Adán y Eva, ciertamente, tenían integras las posibilidades para dar sentido de amor a su deseo de conocimiento, de comunión, de plenitud que ponía su subjetividad originaria en relación con todo lo que observaban e intuían como, por otra parte, la tenía el autor de aquel relato y cada hombre que ha aparecido en la tierra. ¿Pero, por qué, como Adán y Eva, también nosotros confiamos a la acción de comer la manzana nuestro sentido? ¡Todos los hombres han cometido y cometen el mismo error! ¿Por qué no han llamado amor a su deseo? Habiéndolo dejado en la indeterminación, fue posible a la acción, en el determinarse, para ser dominio. La acción, de hecho, es la única que puede “representarnos”, expropiándonos del “sentido”, porque esta se pone como determinación, mientras el sentido no. Los hombres no han renunciado jamás al sentido, pero tampoco jamás lo han determinado, llamado, autocreado. El inspirador que ha inducido a los hombres a buscar el propio sentido en la acción es llamado, justamente, tentador, demonio, diablo. Yo lo llamaría reductor. Sí, porque la acción es necesaria para la relación entre los hombres, y entre los hombres y las cosas, porque esta sirve para comunicar, para transformar, para exteriorizar nuestra profundidad. Pero la acción debe revelar nuestra profundidad inequívocamente, debe revelar el sentido. ¿Pero, es tan clara nuestra intimidad? ¿El hombre ha llamado a su deseo con todos los nombres de lo posible? ¿Ha llamado al propio sentido amor? ¿Se ha identificado con éste? El sentido si no es determinado, determinado por el amor, queda determinada la acción, que carente del sentido que le ha dado origen, se hace dominio. Así el sentido tiene en nosotros la debilidad de la indeterminación y la acción tiene el poder de la determinación. Aunque no habíamos renunciado jamás al sentido, porque todavía estamos vivos y todavía hay historia, este pierde cada día más la eficacia de la esperanza, está ahí porque nos ha sido dado, pero no es creación nuestra. El día en el que se haga nuestra creación de amor será también nuestra fuerza; mejor dicho, esta es la elección fuerte que hace el hombre unido en sí mismo y en las propias acciones y relaciones.Mi hipótesis es, precisamente, que la no determinación del sentido como amor nos hace vivir divididos y expropiados de nuestra misma humanidad, porque pone nuestra actuación en conflicto con nosotros mismos, con nuestro sentido, todavía no determinado, pero irrenunciable para conservarnos hombres. Este conflicto es lo que yo he identificado como Demonio, tanta y tal es lo ajeno de nuestra intimidad con tal operación de división. Llamar amor “a nuestro sentido”, yo creo que cumple en nosotros nuestra plena humanidad e infinitud. Cuando la cualidad amorosa marque nuestras acciones de transformación, nuestras relaciones con el otro hombre podrán ser la medida de nuestra plenitud humana. El horizonte del hombre podrá continuar dilatándose sin temer a lo desconocido, porque la relación con todo lo que es y puede ser nace del corazón mismo del hombre que ha colocado al amor como su sentido y creación. En cambio, la división entre sentido y acción vive el conflicto, el trabajo de una posible plenitud humana puesta en el deseo sin encontrar, sin embargo, solución de continuidad entre el deseo mismo y su historicidad. Al contrario, la historicidad como conjunto de acciones para afirmar la subjetividad es el precio de la renuncia al sentido de ser sujeto originario. Los antiguos, a esta trágica oscilación entre la nada y el ser la llamaban Diablo. Los modernos la llaman angustia. Yo la llamo “posibilidad de autocrearse como amor”.

Ángela Volpini
- Casanova Staffora, 1 de enero de 1988
…En la relación con el otro, el deseo, que hace emerger la vida humana, deja de ser inocente. Cede, a la cualidad de la relación con el otro, la propia significación de amor o de dominio. El espacio del hombre no está sólo entre la “nada” y el “ser” sino entre “ser amor” o “ser dominio”. La posibilidad se determina en la cualidad que, si es amor, es infinitamente creativa, relacional. Identificada en sí misma como centro y fuente de la determinación amorosa puede abrirse a la relación infinita, sin temer que va a dispersar o alienar en la misma relación; más bien, la relación
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