La identificación entre el propio sí mismo y el amor en este paso es muy evidente, por lo menos en la percepción femenina. Siendo yo una mujer, me encuentro perfectamente atribuyéndome el amor como mi cualidad original y reconociéndola, igualmente, en el otro allí donde una relación se realiza. Con esto, ningún sacrificio a mi identidad única ni a la del otro, sino que en el amor me reconozco y conozco. En los primeros encuentros entre la esposa y el esposo, en el Cantar, sale clarísima a la luz la vocación-elección femenina al amor, en abierto contraste con la ley; en efecto el texto dice:

los hijos de mi madre enfadados conmigo
me pusieron como guardiana de las viñas;
pero no guardo mi viña.
Dime tú, amado de mi corazón:
¿dónde pastoreas, dónde reposas al mediodía?
Para que yo no esté como errante detrás de los
rebaños de tus compañeros.


La esposa no quiere saber nada de los usos y costumbres de aquellos lugares y de aquellos tiempos, está dispuesta a infrigirlos todos con tal de no renunciar al amor. En este paso se puede entender que la esposa está dispuesta hasta a sacrificar la vida, con tal de no renunciar al amor. El desafío a la ley y a la cultura masculina, en este paso es muy fuerte. En el coloquio entre los esposos, los sentimientos, la comunión profunda que se establece entre los dos es ilustrada con las imágenes naturales más cariñosas, más vivas. Se haba de ojos de palomas, de narcisos de Sarón, de manzanas entre los bosques, de toda la naturaleza como lecho lujuriante donde el amor puede desplegarse y manifestarse. El autor del texto invita a toda la naturaleza a participar en este acontecimiento extraordinario: el amor entre un hombre y una mujer. Parece que el crecimiento de este amor es incontenible, que no basta el corazón del hombre y de la mujer para vivir un acontecimiento que tiene dimensiones cósmicas, por no decir divinas. El uso de las imágenes para describir emociones y deseos y la inclusión, al mismo tiempo, de las mismas realidades físicas, es el deseo del ser humano de realizar una nueva creación incorruptible. Este deseo se expresa en el Cantar de modo especial cuando el mutuo amor crece y el esposo busca a la esposa. Todas las imágenes, aquí están en su estado inicial, en su pura potencialidad y en su belleza estática. Dos sentimientos igualmente fuertes: que todo nazca infinitamente y que todo quede en su belleza plena. El amor entre un hombre y una mujer, cuando es tal para merecer este nombre, aún gozando el uno del otro totalmente, no se para en las dos personas de las que ha surgido, sino “él, el amor” retoca todas las realidades a la que nuestros sentidos están habituados, como para recrearlas, para darles la dimensión de alegría infinita de ser con todo lo que es, la alegría de todos. Esta sensación me evoca la lectura del Cantar. Este poema, en mí, tiene la fuerza de transformarse en experiencia vital. En algunos pasajes, como en el deseo del esposo al cortejo nupcial, hay una fuerza expresiva que casi hace surgir de la nada las imágenes que narra. Prosigue luego con las alabanzas de la belleza de la esposa que cada mujer ha deseado oír que le dicen, pero ¡ay de mí! Sólo a la esposa del Cantar, y quizás, a la mujer de los sueños masculinos, han sido dirigidas. Sin embargo, el deseo de amor como comunión total, es decir, que envuelve todas las dimensiones humanas además de las espirituales, intelectuales, psíquicas y las físicas, sexuales y emotivas, está presente tanto en la mujer como en el hombre, ¿por qué entonces tan raramente se hacen realidad? ¿Quizás porque los sentimientos, que para mí son la manifestación de la cualidad del ser humano en cuanto expresión de la exigencia-deseo-posibilidad, están considerados de segunda categoría con relación a la razón y a la fisicidad? ¡De qué cosa se ha privado al mundo, entendido como totalidad de los seres humanos, no dando significado a los sentimientos! ¿Por qué hemos excluido de lo común cotidiano la poesía de los sentimientos, para luego perseguirla a través de las expresiones artísticas, a veces sublimes, pero ya muchas veces instrumentos para un consumismo que esconde y mortifica toda expresión originaria personal? Qué comentario se podrá hacer jamás a frases como éstas:

tus pechos son como crías gemelas de gacelas,
pastando entre los lirios ¡tú eres toda hermosa amiga mía!
y no hay en ti mancha alguna.
Me robaste el corazón, hermana mía, esposa,
tú me robaste el corazón con una mirada.
Huerto de granados es tu vivero,
con los frutos más exquisitos.
Entre mi amado, en su jardín
y coma sus frutos exquisitos.
Vine a mi jardín,
hermana mía, esposa, he saboreado mi panal de miel,
he bebido mi vino y mi leche.
Saboread, amigos míos, bebed también y inebríadvos, ¡oh queridos míos!

Estas frases hablan de un amor que, partiendo del corazón de una mujer y de un hombre, envuelven verdaderamente a todo lo creado. La voluntad de extender su felicidad, tanto a los demás hombres como a las cosas, es verdaderamente poderosa en el Cantar de los Cantares. Para representar la cualidad del amor entre hombre y mujer, la esposa es llamada “hermana mía” para representar aquella relación profunda, esencial, que va más allá de lo masculino y lo femenino disfrutando totalmente, por otra parte, de esta diferencia, pero poniendo las raíces de tal relación en la intimidad más profunda de lo humano, donde la semejanza tiene su centro y la diversidad sus raíces. La prueba de amor a la que la esposa somete al esposo, escuchando inmóvil la invocación del amado, nos devuelve a los juegos amorosos que la mujer, no sólo en el Cantar, es obligada a realizar para probar si el amor del esposo es para toda la persona de la esposa, o sólo para lo femenino de lo que ella es también portadora. Cada mujer desea ser amada, no sólo como hembra sino también como persona, y en el texto aparece que, cuantas seguridades le había dado el amado, no han sido suficientes para disipar la perplejidad de la esposa. Desgraciadamente también a la esposa del Cantar le ha sucedido lo que casi a toda mujer…Cuando una mujer pide a un hombre una relación personal; es decir, que implique todas las dimensiones del ser humano, el hombre se asusta y trata de escapar. Si la mujer establece, en cambio, sólo una relación femenina, que no quiere decir solo sexual, sino que comprende las artes seductoras, mediante las que domina al hombre individualmente, como por otra parte ella está dominada socialmente por el macho, el hombre queda. Es así como se producen todas aquellas relaciones que limitan gravemente el desarrollo de la persona, tanto sea hombre como mujer. Relaciones que no estando instauradas, precisamente, en la libertad, no pueden acceder al amor del que la liberad es la condición y hacen chorrear al mundo de sufrimiento e infelicidad. La mujer del Cantar, como muchas otras mujeres, va a buscarse a su amado que no ha tenido constancia…pero en recompensa ha tenido miedo a una relación seria. La mujer, describiendo a su amado, da las garantías de que aquel es el hombre en particular que ella busca y ama:

mí amado es cándido y rosado,
se distingue entre miles.
Su cabeza es oro, oro puro.
Sus ojos son palomas,
al borde de los cursos de agua,
bañados en leche, reposando en las orillas.
Su aspecto es como el Líbano,
imponente como los cedros…
Así es mi querido, mi amado,
¡oh, hijas de Jerusalén!

La mujer del Cantar no se maravilla de esta fuga, sabe que al deseo del amado no corresponde siempre una capacidad adecuada para amar, por lo que está dispuesta, pacientemente, a enseñárselo, incluso corriendo el riesgo de ser mal entendida y juzgada. Esto lo puede hacer porque en la mujer la toma de conciencia de ser ella, en cuanto persona, la fuente de su amor, la hace distinguir con mucha claridad al otro como objeto de su amor. Ella ha aprendido a amar sin alienarse como sujeto en el amor mismo. Que si es verdad que el amor trasciende al mismo sujeto, es verdad igualmente que de éste nace. Este es el misterio femenino, el misterio de la maternidad, misterio que es sello de distinción en la estrecha, estrechísima relación que significa un hijo en el vientre. Parecía que la esposa del Cantar sabía ya explícitamente todas estas cosas, por la ternura con la que se pone a buscar al amado, sin juicios y sin violencias. El esposo encontrado trata de complacer a la esposa, pero en su canto aparecen palabras que desvelan un poco su incomodidad… En la esposa él encuentra, visiblemente, aquella imagen de sí mismo que también él guardaba en su corazón, pero no se atrevía a creerla realmente suya. La esposa se le aparece repentinamente como:

la única de su madre, la elegida de su progenitora.
¿Quién es esa que avanza como la aurora, bella como la luna,
elegida como el sol, tremenda
como un ejército en formación?
Aparta de mí tus ojos porque me producen turbación.
Sin que me diera cuenta,
mi deseo me había colocado
en las carrozas, en el séquito del príncipe.

Finalmente el esposo contempla a la esposa como a otra distinta de él mismo. Y él mismo se reconoce con las palabras siempre maravillosas de:

bajo el manzano te he despertado,
allí donde te concibió tu madre
allí, donde ella te dio a luz.
Tu estatura se parece a una
palmera y tus pechos a sus racimos.
Yo digo: quiero subir a la palmera,
coger los racimos.

En estas últimas palabras del esposo está la revelación de que él ha descubierto lo que la esposa quería: dos personas diferentes en una relación de amor. El esposo se regocija queriendo subir a la palmera que representa, metafóricamente, además de a la mujer generadora de vida, a la vida misma como conquista personal, y al mismo tiempo recuerda a la mujer que él ha ido a despertar de debajo del manzano, donde ella dormía con la propia engendradora. Ha estado él para recordarle su vocación generadora, no sólo de vida sino de vida consciente en el amor para la alegría el uno del otro; o sea, en la historia. Como conclusión del Cantar, el hombre se presenta a la mujer como su primer fruto de una vocación generadora de identidad personal relacionada en el amor. La esposa no tiene más reticencias para proclamar el amor por su amado; mejor dicho, para ofrecerse a él incondicionalmente, porque ya no teme nada de él. Ahora puede ser poseída porque él la ama, él la ama también como persona. Las defensas pueden ser quitadas. A la luz del día puede quedar sólo el espacio y el tiempo del amor, a través del cual recorrer juntos todos los caminos de las cosas para dar a éstas el signo de la inmortalidad. Vuelve, y aquí casi como estatuto, la idea de un amor que para ser tal debe tener, no sólo la dimensión personal sino también divina; los símbolos de tal amor son la fraternidad universal en la casa común de la propia generadora. Viene luego propuesto triunfalmente el amor como sello de la cualidad humana, radical, que es sólo la que puede vencer a la muerte porque es, al mismo tiempo, el sello de la cualidad divina.

Ponme como sello en tu corazón,
sobre tu brazo,
porque el amor es fuerte como la muerte,
y sus llamas, llamas divinas.
Los océanos no podrán apagar
el amor, ni los ríos sumergirlo.


Esta libre andanza por el Cantar de los Cantares me renueva las emociones de cincuenta años de vida, en los que han ocurrido muchas situaciones, maravillosas y dolorosas. Pero precisamente, la capacidad para suscitar sintéticamente una cantidad de emociones, imágenes, pensamientos, deseos y esperanzas por una relación posible, en un mundo igualmente posible, es el atractivo del Cantar de los Cantares para todas las generaciones.


Angela Volpini - Casanova Staffora 16.04.91

(Región de la Lombardía - Curso “Educación para la Sexualidad” - 1990/1991)
…Esto los pone más allá de las cosas que usan para describirse y da a la suya aquella admirable experiencia de unicidad relacionada con todo lo que es, que es el gusto de la vida. Ya en el preludio del Cantar, la esposa indica, mediante las sensaciones que le produce el amado el fin y la cualidad del ser humano, como amor; por lo que ella dice:

atráeme a ti: ¡corremos!
el rey me introdujo en sus habitaciones...
gozaremos, exultaremos en ti,
celebraremos tus amores más que el vino:
¡si, tiene razón para amarte!


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