suficiente confianza en nosotros mismos. Correr el riesgo que ha cumplido Dios nos es difícil. Antes que dominar, poseer creativamente la Tierra, inconscientemente casi la habíamos destruido en nuestro reciente pasado. Ahora nos es difícil asumir la responsabilidad de transformarla. Aunque sólo ahora empezamos a tener las posibilidades reales, el miedo ancestral a lo desconocido se transforma en miedo a las mismas posibilidades. Y es con respecto a estos miedos y a estas posibilidades como debemos retomar en mano, de manera inteligente, la “Revelación”, el mensaje Evangélico-Bíblico. Estos libros anuncio, comparados con nuestra experiencia histórica y nuestra exigencia personal, ya no son misteriosos, ya no tienen necesidad de interpretaciones, de ellos emerge nuestro futuro, nuestra posibilidad, nuestro fin. Estos libros anuncio son el apoyo y la alegría del hombre, cuando asume la necesidad que le compete en la historia de lo creado, para dar sentido y significado a su vida, o bien pueden ser misterios para calmar los miedos y las ansias del hombre. Pero este segundo uso de la Revelación, históricamente pertenece al pasado. De hecho el hombre moderno occidental sabe que la historia está en sus manos y que Dios no puede sino intervenir para sostener las elecciones positivas de los hombres, que son Su deseo, Su voluntad. Bastaría que comprendiéramos ”de una vez por todas” el Padre Nuestro. El cristiano, y el católico de manera más explícita, tiene a su disposición un patrimonio cultural inmenso para afrontar la responsabilidad de esta mutación: los últimos tiempos de una era. Pero parece, precisamente, que mientras se hace más apremiante un problema, y la lógica indica que se usen todos los instrumentos presentes para resolverlo, en cambio, aflora un proceso opuesto a lo que sería coherente y racional. Aquí se cuece en el miedo, en la angustia y, sobre todo, se desperdician los instrumentos, los medios acumulados durante milenios por la humanidad entera. Hay una marcha hacia atrás, a la indistinción, a la irresponsabilidad, a la mediación, a la sacralidad, a la superstición, a la nulidad espantosa. Y este es verdaderamente el fin del mundo humano que la humanidad con sus dolores, amores y errores ha producido hasta aquí, dejando integra la posibilidad de ir adelante, pero adelante con una cualidad nueva: el cumplimiento del hombre. Efectivamente, no poder ya postergar la infancia y tener que entrar en la mayoría de edad de la humanidad asusta un poco a todos. Todos quisieran continuar delegando en Dios, en el Destino o en la Naturaleza la responsabilidad de la vida y de la historia y no tener otro peso que llevar que a sí mismos, aunque frustrados e incompletos. Llevar a las espaldas lo creado y la historia parece verdaderamente demasiado para todos. Sin embargo, esta meta, de la que nuestra generación es testigo, es ansiada y producida por toda la humanidad desde sus albores. Los hombres, buscando el sentido de su existencia, dando a su deseo de infinito el nombre de Dios, y a Dios la cualidad del amor y de la creación, han construido la historia como cumplimiento del deseo, del sentido y de todo lo imaginario. Esta lectura es posible hacerla si se reconoce al hombre como artífice de sí mismo y de su historia, aunque parece ser sólo Dios el conductor principal de esta historia, como superficialmente la conocemos. Mientras Dios, en realidad, se alegra de haber sido descubierto, porque es en el acto de descubrir una dimensión que no es propiamente humana, lo que el hombre adquiere. También para Dios ha sido difícil hacer comprender al hombre que él, descubriendo la dimensión divina, ha descubierto lo que podía ser en su plenitud y lo que él era ya en potencia. Para el hombre mantener la diferencia, por otra parte esencial, entre él y el Divino ha sido el claro-oscuro de toda su historia. A él le es fácil mantener la diferencia cuando concibe a Dios como bien absoluto, y a sí mismo como mal relativo, pero cuando el hombre trata de concebirse también como bien, para entrar en estrecha relación con Dios, empiezan los problemas. Dios establece un pacto con un pueblo, a través del que empieza el conocimiento y la relación personal entre el hombre y Dios pero, - viendo también que esto no bastaba para hacer comprender que, si es verdad que Dios es el creador y principio de toda las cosas, es igualmente verdadero que el hombre es el cumplimiento y el sentido de todas las cosas y de Su mismo Amor - Dios pensó hacer ver al mundo cómo se hace para ser hombres y para ser Dios, mandando al Hijo. Por primera respuesta los hombres han matado a Aquel que venía a importunar las viejas actitudes humanas. El anuncio tan explícito, sin velos sagrados, era escandaloso y, sobre todo, incómodo . ¿El peso del mundo y de la historia sobre quién podíamos descargarlo? ¿Cómo nos podíamos comunicar con Dios en Conciencia, en Espíritu y en Verdad, sin mediaciones, considerando que cada uno de nosotros era hombre divino? De todos modos, el anuncio es recogido y testificado también con la vida, pero bien pronto se consume. Entonces la creatividad surgía a veces de la persona que sabía leer y alargar continua e infinitamente el anuncio del HOMBRE-DIOS. La institucionalización de la interpretación ha salvado, ciertamente, el mensaje pero ha reducido la eficacia y la comprensión. La cultura católica contiene la elaboración más avanzada del fin y de la realidad del hombre. Esta tiene una visión de Dios como Padre y como Amor que la distingue de toda otra concepción de lo divino. Tiene un concepto de persona único. Donde la libertad, origen y la relación de la persona humana no es luego tan diferente de la persona divina. En la concepción de persona del mundo católico se encuentra aquella realeza de Hijos de Dios para quienes todo es posible, que es difícil reconocer en las otras culturas cristianas. Sin embargo, también ésta, más en la práctica que en la teoría, ha reducido de hecho la autonomía de la persona a bien poca cosa. La gran cultura católica ha desaparecido en modestas prácticas de subalternidad, de delegación, de interpretaciones y ritualidades.¿Dónde están los santos que tronan contra la ley en nombre del Amor? ¿Contra la repetición del rito ya sin más contenido?¿Quién predica todavía, en nombre de la libertad de conciencia, la creatividad de la persona y la escucha del Espíritu? La cultura católica a mi parecer (asumo la responsabilidad de la afirmación) ha perdido su gloriosa inspiración, tanto cuando ha dividido al reino en espiritual y temporal, como cuando ha perdido el valor para disentir y cuando ha puesto en el rito, antes que en la búsqueda, su peculiar distinción. Dividiendo el reino en espiritual y temporal ha mantenido la división del hombre que, precisamente, Cristo había venido a unificar. El hombre es cuerpo y espíritu, es humano y divino, su historia es el camino hacia la unidad de estas dimensiones, pero la unidad en lo real físico creado. Por lo que, aunque todavía nosotros no sepamos traducir en palabras, en acciones y transformaciones los pensamientos y los deseos, sin embargo no es necesario renunciar a concebir que ellos son nuestra realidad más verdadera y nuestra creación. A nosotros corresponde la tarea de poner en acción lo que todavía no existe. Lo infinito posible pasa a través de nuestra capacidad para crear, y ésta es posible si nos reconocemos la legitimidad de concebir como posible lo que todavía no existe. La división entre espiritual y temporal ha puesto lo infinito sólo en el espíritu, allí donde ha estado siempre, haciendo totalmente inútil tanto la Encarnación de Cristo como toda experiencia humana.¿Qué sentido tiene, de hecho, la Encarnación y la experiencia humana si estas acaban con la muerte, y si otra dimensión, para nosotros del todo extraña, es nuestra continuación? La Encarnación, la Buena Nueva, la larga historia de Israel es el hablar de Dios y es el hablarse del hombre sobre su futuro, encarnado, creativo, distinto y comunicante. El Reino, con esta perspectiva, es la realización del hombre. El hombre que alcanza la dimensión divina, pero que, igualmente, se puede decir de Dios en Cristo Jesús. También El puede manifestar Su divina-humanidad entre los hombres en un ambiente físico, desvinculado de la muerte y de los límites, pero todavía lleno de infinitas posibilidades para expresar nuestra creatividad. Con esta perspectiva, tanto la vida del hombre individual, como la historia, como creatividad de todos los hombres, y la Encarnación de Cristo como Hijo de Dios, encuentran sentido porque tienen como perspectiva la realización y el gusto infinito de la creación en la comunión con todo lo que existe y la apertura a lo posible. Un misterioso Reino que venga sin la maduración de los hombres y su explícito deseo yo no lo creo posible. Que Dios, de todos modos, nos alienta al cumplimiento de nuestras posibilidades, ahora ya reveladas y actuadas en Cristo, es seguramente verdadero. Mi misma experiencia mística ha sido una zambullida en las posibilidades positivas desplegadas y elegidas. Pensar en la Resurrección quiere decir pensar en nuestra dimensión humana completa, la que vivimos ahora prolongada en el tiempo “infinito” fuera de los sufrimientos de crecimiento, pero en la libertad de continuar creando. Para mantenernos cristianos y católicos no podemos abandonarnos a esperar en algún tipo de supervivencia después de la muerte, sino que debemos creer en la continuidad de nuestra vida personal con todas las características que poseemos ahora. Al contrario, como buenos cristianos, deberíamos pensar también en la superación de la muerte como último enemigo del hombre. Porque Dios nos ha creado en la vida y en el amor. Si la cultura católica ya no piensa en el fin del hombre y de la historia como trascendencia de lo limitado a lo ilimitado, de lo finito a lo infinito, de la soledad a la relación, verdaderamente, ya no se puede llamar católica (es decir, universal). Las normas, las morales y los cultos también pueden ser cosas admirables para el alivio de los individuos y la convivencia armónica de las comunidades, ¡pero la pasión de la fe, el atrevimiento de la búsqueda y el gusto del Amor exigen claramente otros pensamientos y prácticas! Sin embargo, yo estoy hablando de cosas que han dicho los Padres de la Iglesia, que han dicho los santos y místicos y que ahora casi son escándalo. Otro punto importante para mí es el de reconocer la libertad de disentir de la unanimidad, para mantener integra la subjetividad, que es la fuente creativa del propio sí mismo y la perenne gloria de Dios. Sí, porque Dios reflejándose en las singularidades de los hombres, vive Su infinito amor en las infinitas diferencias humanas. Haber puesto la obediencia como signo de comunión ha empobrecido el espíritu humano, y al que el espíritu divino ya no ha podido albergar. Es la diferencia que puede comunicar la originariedad de todo amor personal y la obediencia mata todo impulso y hace inútil las creatividades personales. El pueblo católico podía ser bien más creativo y estar también más unido a su jerarquía, si ésta no hubiera pretendido que renunciara al pensamiento, a la creatividad, al discernimiento para confirmarlo católico. Ahora nos encontramos con el absurdo de que cuando preguntas a un católico en qué cree, responde: en el Papa, antes que en Jesucristo. Casi hay terror por parte de los practicantes en pensar de manera diferente al Papa. Si luego no se sabe cuál es el Credo católico y la Buena Nueva, esto es considerado de poca importancia. La gran cultura católica es, por tanto, una cultura de élite, quizás los mismos laicos ni han podido ya largamente disfrutar a no ser considerados como observadores de la ortodoxia. Ciertamente los laicos ya han hecho buen uso de los conceptos que han surgido del pensamiento católico, como: el valor inalienable de la persona, el valor de la solidaridad humana y del amor, como parámetros insuperables para realizar la justicia, y la historia vista como cumplimiento de la humanidad. Además la estrecha dependencia de la jerarquía católica, el deber moral de adaptarse siempre al pensamiento del Papa para sentirse legítimamente católicos, ha asustado y alienado en particular el orgullo de ser persona. “Un único” para la comunicación infinita y particular con Dios, como sentido pleno de la propia existencia. Lo que de hecho la doctrina católica pone en la teoría o anuncio, lo sofoca luego en la práctica, haciendo a sus fieles niños inseguros y divididos entre exigencia-anuncio y praxis-norma. El espacio para la expresión original de la persona, en la catolicidad, siempre se ha afirmado teóricamente, pero jamás se ha concedido prácticamente. El precio de la afirmación de las peculiares visiones del mundo y de Dios ha costado a los católicos valientes la separación de la Iglesia jerárquica. Ciertamente, la exigencia de un lenguaje único en el que reconocer el mensaje de Dios y reconocer la igual tensión de los hombres, es indispensable para el desarrollo de la historia como realización de los hombres y la construcción de la comunidad humana, que se dirige a hacerse el Reino del Dios hombre y del Hombre Dios en la tierra, pero no se puede renunciar a la expresión personal de cada hombre, porque la infinidad de Dios se revela originalmente en cada persona particular. Cuando Cristo dice:”Subiré al Padre y os enviaré al Paráclito” creo que con esas palabras intenta decir: suscitare en vosotros el coraje para ver, cada uno, el rostro del Padre, para que comunicándooslo empecéis a conocer y a vivir Su infinitud y la vuestra. Creo que la Revelación sea este proceso humano para ver, y el Reino sea la de comunicar la propia visión original del Padre. La cultura católica contiene todas estas perspectivas y estas premisas, pero no hace posible el compartir un proceso de desarrollo y de expresión en la comunidad de las visiones de las personas en particular. Y entonces el anuncio no fructifica, porque no es alimentado por el Espíritu; o sea, por las visiones personales de Dios. La Revelación se queda como un libro cerrado. Un anuncio en el que se reconocen las exigencias pero ya no existe la fe que cree poderlas realizar, por lo que se espera que sea Cristo quien las realice por nosotros. Pero este pensamiento, si por una parte tranquiliza, por otra suscita el más terrible de los interrogantes: ¿qué sentido tiene mi vida?¿Si la exigencia no tiene posibilidad de realizarse, qué queda del hombre? ¿Quizás una conciencia que observa el desarrollarse de lo divino a través del dolor humano? Este Dios que no comparte mi historia ni yo la Suya, que me pide testimonio de su realizarse, no es mi Dios, ni lo reconozco el Dios de los cristianos. Mi Dios, el de los cristianos y de Abraham, es un Dios que se compromete con el hombre y quiere que el hombre se comprometa con Él, hasta hacer una historia sólo de amor y de cumplimiento. Ahora ya no basta la defensa de la verdad, el catolicismo debe reanudar la pasión por la búsqueda de la comprensión del misterio de Dios y del Hombre, dando espacio a la persona, para no acabar destruido en la defensa de la ortodoxia. En efecto, todo el bien posible se puede decir de Dios sin agotarlo y es hora de empezar a decir, también, todo el bien posible del hombre, por lo menos como posibilidad, si se quiere conocer a Dios como Creador y si se le quiere conocer como Padre. Está bien decir que la historia de Dios y del hombre es única; el cumplimiento es de ambos como lo es el fracaso. Dios ha elegido que la historia y el hombre se cumplan y se realicen. El hombre ha caminado hacia este proyecto sin saberlo bien, pero ahora ya no puede ignorarlo. La implicación consciente en el propio desarrollo y en el mantenimiento cualitativo de la vida debe explicitarse como en Dios, y esto es como acto de Amor en el que Dios mismo arriesga el fracaso de su proyecto. Este proyecto, que somos nosotros, en nuestro ambiente, es confiado ahora ya sólo y solamente a nosotros. La historia bíblica primero, y la Revelación después, han intentado decirnos que mientras nosotros nos poníamos en las manos de Dios para nuestra salvación, para que nuestra experiencia humana tuviera un sentido, Dios se ponía en nuestras manos para demostrarnos Su Amor y para que Su Ser Dios tuviera sentido, igual que nuestra experiencia humana. La cultura católica que es vivida dentro de este misterio, tiene también elaboradas doctrinas para explicarlo, pero todavía estamos lejos de saberlo vivir. Esta es la concepción del hombre más próxima, no sólo a la Revelación, sino a la demanda de sentido, propia del hombre, que atraviesa todas las culturas. Mucho debemos hacer todavía para la transformar un anuncio, una doctrina en una vida personal iluminada por la creatividad del Espíritu. Sólo entonces las perspectivas se vuelven condiciones reales para el inicio de un proceso de transformación del hombre en su plenitud divina. Sin estas perspectivas el mundo no va más adelante en su cualidad, puede sólo repetir los intentos de desarrollo a tientas. El valor cultural para pensar en lo nuevo no nos lo puede dar nadie fuera de nosotros porque es, precisamente, en nuestra particular humanidad donde está escondida la creatividad divina. Dios lo ha expresado en la creación del mundo. Nosotros la podemos expresar realizando el proyecto de Dios, que es el nuestro, y Su cumplimiento. La cultura católica contiene las indicaciones de este proceso. Tiene un lenguaje, que aún velado por la sacralidad, deja entrever la grandeza de la persona y el Amor de Dios, en el Hombre Dios Jesús. ¿Pero, saben los católicos asumir la libertad de los hijos de Dios, pensar con su cabeza y no avergonzarse de sus concepciones? ¿Tienen los católicos el sentido de responsabilidad para con el mundo y para con el mensaje de Cristo?¿Quién sabe si ellos recuerdan que el principal alimento del hombre es encontrar el sentido de la propia existencia y que Cristo ha muerto y resucitado, precisamente por esto?¡Quién sabe, acaso, si sus buenas obras no son el consiguiente comportamiento a una concepción, sino quizás son sólo una acción para tranquilizar la propia conciencia con relación al miedo de pensar con libertad y de hablar con amor! ¡Quién sabe cuán poco valor personal se esconde detrás de la obediencia a la jerarquía para permanecer Iglesia! ¡Quién sabe cuánta aridez y deseos de mandar se esconden detrás de quién impone la obediencia como la primera virtud católica! ¡Quién sabe dónde acaban los impulsos del corazón y el atreverse de las mentes de todas las generaciones cristianas católicas! Todos estos miedos y prácticas sepultan inmediatamente lo que continuamente se encuentra y se crea. Como Penélope tejen de día y destruyen de noche. La cultura católica se reduce a la moral y a los cultos. La inspiración, el coraje de los profetas, la búsqueda de los teólogos y el testimonio sencillo de los fieles casi no es ya considerado católico. Católico es sinónimo de moralismo, fideísmo, oscurantismo, pietismo y todo lo que para mí es verdaderamente angustioso. El discurso sobre Dios, el Hombre y la historia, no es ya reconocido como el fundamento de la catolicidad, y esto sucede porque la doctrina se ha cristalizado en la ortodoxia, competencia exclusiva de la jerarquía, dejando el camino original de la persona ya sin legitimidad. La condición para la realización de las perspectivas cristianas y católicas yo las veo en reconocer a la persona como punto de encuentro entre el tiempo y lo Eterno, cuya inspiración es la savia que alimenta el conocimiento, y la comunicación entre las personas es el sol que ilumina la “Palabra”. Con estas afirmaciones no niego la unidad de la Iglesia en la comunión con Pedro, sino que simplemente quisiera determinar y poner las condiciones para que las perspectivas Evangélicas del Reino se realicen. Es el hombre, en cuanto hombre, el destinatario de la Buena Nueva, él debe conocerla para poderla vivir plenamente, si quiere. La jerarquía, en comunión con Pedro, tiene el deber de anunciarla y confirmar a los hermanos en la fe en Cristo. Pero la realización Evangélica es confiada a la originalidad de la persona. Y este es el riesgo que compartimos con Dios.

Angela Volpini - Casanova Staffora, 3 de enero de 1993
… Esta visión que en un tiempo sólo tenían los inspirados, los santos, los magos, ahora es patrimonio difundido. Pero a la posibilidad no la ha sustituido armónicamente la capacidad para gestionar esta nueva cualidad. El hombre está asustado por su transformación y por las tareas que tal transformación le presentan. Las palabras bíblicas se han cumplido: ”Creced y multiplicaos, dominad, poseed la Tierra…”. Hemos crecido, nos hemos multiplicado y estamos asustados frente a la responsabilidad de transformar esta Tierra y estos Cielos. No tenemos suficiente
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