porque este hombre real es el que viviendo puede elegir vivir verdaderamente: no sólo como mera posibilidad, sino como vida personal, plena, feliz, creativa y comunicante, donde todo el deseo se convierte en realidad, en ser, a través del propio ser aquí. La característica del hombre es, precisamente, la capacidad creativa, empezando por la posibilidad de crear a la propia persona. El acto creativo del que cada ser humano es capaz, en cuanto humano, es la característica propia de la especie humana. La autocreación de si mismo, como persona consciente, original, única y comunicante es por ello el fin de la existencia humana. Y es, precisamente, el acto creativo el que hace nacer la conciencia subjetiva del hacernos en el ahora y en el siempre. En el ahora porque constata su radical subjetividad creativa, en el siempre porque vive la comunión y la comunicación con todos aquellos que le han precedido a través de la historia y la cultura, y con todos los que vendrán, a través de la esperanza que sabe llevar adelante la humanidad entera, a través de su hacernos como personas siempre más conscientes y responsables. La presencia consciente de la persona en la historia modifica todo lo que hay en el universo en un perenne impulso creativo. Sin este acto creativo la conciencia de si mismo está latente, se la intuye sólo como pregunta, pero no llega a brotar en una explosión que abrace e implique a todo cuanto existe al proclamar su "ser nosotros mismos aquí".
Sin este acto, que introduce en la realidad universal nuestra realidad específica y consciente, la pregunta de ser nosotros mismos aquí se transforma en miedo a la muerte, porque de hecho no se ha tenido el valor creativo de entrar en la plenitud de la vida humana. Y este miedo es esencialmente el dolor por las posibilidades perdidas. El dolor de perderse individualmente, el dolor de no alcanzar aquella originalidad abierta a la comunión y a la comunicación que intuimos es nuestra plenitud. El miedo a la muerte es, por eso, universal, ancestral y continuo, y lo será hasta que el hombre no decida nacer verdaderamente como persona original. Este miedo tiene, de todos modos, también una función positiva que podemos comparar con los “dolores del parto”. En el parto el dolor es tal que se anticipa lo que se puede la dilatación con el fin de que el bebé nazca deprisa y acabe el dolor. Así el miedo a la muerte es un dolor, una desesperación tal que nos empuja a nacer como persona conciente y original deprisa, a fin de que aquella angustia termine lo más pronto posible.
Porque es precisamente el nacimiento de nuestra persona original, en su original identidad, la que disuelve el miedo a la muerte. El miedo, en aquel momento, ha terminado su función de estímulo. El miedo a la muerte tiene, por tanto, muchos aspectos, algunos de los cuales son positivos.
Nos interesa ver cómo el miedo a la muerte puede exigirnos para ponernos la demanda sobre el sentido de una vida personal y para darnos una respuesta a través de aquel acto creativo del que hemos hablado antes. La persona en la que se ha realizado el proceso de autocreación mediante la voluntad y el deseo, fundamenta la propia identidad original, sale del miedo a la muerte, y entra verdaderamente en lo que se puede llamar el siempre de Dios.

Ángela Volpini – junio de 1997

(Este es el texto de la intervención de Ángela Volpini en un Congreso Internacional celebrado en el Centro Cultural de Maspalomas, Gran Canaria, el 27/ 28 / 29 / 30 de junio de 1997)
…Los hombres son efectivamente imágenes de Dios porque poseen la posibilidad de elegir ser hombres conscientes, además de animales sensibles, y esta posibilidad suya, que es su grandeza, es al mismo tiempo su fragilidad. Fragilidad que el miedo a la muerte revela en todo su dramatismo. La muerte, en la vida del hombre, antes que ser una realidad también es una posibilidad. En efecto, para morir es necesario nacer y vivir. El ser humano es el que vive, sufre, espera, crea. Por eso no hablamos de la idea del hombre, sino del hombre real, porque
El miedo a la muerte
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