bastante pronto, de que con este mundo, con el que había una homogeneidad de lenguaje y una afinidad de intenciones, pero con el que tenía una visión y una praxis diferente y contradictoria, aunque el objeto del discurso era igual: Dios y el hombre. Comencé, por lo tanto, a indagar en el mundo laico prestando atención a las pertenencias explicitas o a las posiciones demasiado radicales y deterrministas. Si me lo permiten, buscaba un encuentro que se dirigiera al corazón del hombre, más que a su cultura, aunque ésta última era, por necesidad, el lenguaje a través del cual se manifestaba el corazón. Debo decir que en la mayoría de los encuentros, reflexiones y búsquedas, lo que aparecía, y que inmediatamente me pertenecía, era el sentido de responsabilidad para las prácticas tanto altruistas como egoístas, junto a una visión bien considerada positiva del ser humano y de la historia. La actuación histórica siempre estaba dirigida a la mejora de las condiciones humanas, como la salida de necesidad, la toma de conciencia de sí mismo como sujeto histórico, la solidaridad, la emancipación de los tabúes, etc…Estos valores parecían señalar el umbral del no retorno a un pre-humano y garantizar, partiendo de estos, un futuro todavía indescriptible pero lleno de esperanzas en una sociedad mejor. La misma ideología marxista no enajenaba estos valores difundidos por todo el occidente laico sino que, en cierto sentido, ella misma al menos en occidente los exaltaba. Las conquistas científicas siempre más espectaculares parecían poner en manos de los seres humanos, no sólo las claves de la ciencia, sino las mismas claves del arbitrio para definir lo que está bien, porque desarrolla, y lo que está mal, porque para el desarrollo. Quizá jamás en la historia ha habido un momento tan apasionante para los seres humanos. A la acumulación de instrumentos tan potentes de destrucción, que han hecho y hacen estar al mundo con el alma en vilo, hay una respuesta de proclamación de los derechos humanos inconcebible hasta hace pocos decenios atrás. Surgen organizaciones socio-políticas internacionales, mundiales, en defensa de todos los pueblos y de todos los ciudadanos. Los temas de la paz, de la ecología y el problema Norte-Sur cruzan todas las culturas y clases sociales y transforman las diferentes políticas.Parece verdaderamente que el mundo, para sobrevivir y desarrollarse, tiene necesidad de unidad, comunicación y relaciones cada vez más profundas y que, en definitiva, todas las culturas finalmente se adaptarán a estas nuevas esperanzas. Entre los dos bloques contrapuestos, pequeños grupos se recortan espacios de discusión para la ordenación de futuros equilibrios comunitarios, que tengan como valores los grandes temas ecológicos y comunicativos.
Parece que finalmente los seres humanos están más unidos en sus esperanzas que divididos en sus miedos. Pero la caída del muro de Berlín y el fin del Comunismo real parecen arrasar hacía atrás todas las esperanzas que los hombres habían puesto en el futuro y en su actuación histórica. Repentinamente el optimismo cae en el miedo y en la violencia difundida. La creatividad no encausa ya el no sentido de la propia existencia a través del actuar histórico, y tal pensamiento negativo se difunde hoy rápidamente como las ideologías en el pasado. Al contrario, el no sentido se hace el sucedáneo de las ideologías de un tiempo. En los años 56-58, dándome cuenta de que para las mismas palabras de uso común, la cultura laica y la religiosa daban un significado diferente que desorientaba, sobre todo, a las jóvenes generaciones, a través de mi experiencia y mi persona, intenté abrir un lugar de dialogo en el que pudiera ocurrir, más que una confrontación, un encuentro entre todos los que sentían fuerte la exigencia de comunicar lo profundo de sí mismos, más allá y por encima de las culturas a las que pertenecían. La incomodidad de una división casi ficticia era advertida, sobre todo, por los jóvenes.
Yo misma con fatiga distinguía donde acababa y empezaba la una y la otra y viceversa. El rasgo relevante de aquella religiosidad era la referencia a Dios como realidad totalizadora, que no dejaba ningún espacio, ni sentido al hombre. Esta concepción ponía al hombre a merced de todo condicionamiento y poder, porque debilitaba su originaria subjetividad y lo dividía entre su historia encarnada en el límite y su deseo que iba más allá; les dejaba integro, de todo modos, el fin de la historia como realización. La cultura laica, que valoraba y legitimaba la importancia del hombre, hablaba, en realidad, de un hombre total pero abstracto, jamás encarnado en lo que tenía delante, contemporáneo a nosotros. Si es verdad que ésta es más profunda en acoger la complejidad del hombre, triturándolo a través de las diferentes disciplinas, es igualmente verdadero que lo recompone siempre por debajo de niveles con relación al deseo el hombre. De todos modos, con esta corriente cultural compartía la idea de que sólo en el hombre está la capacidad para transformar el mundo. La fuerza de sus análisis y realizaciones, puntuales aunque parciales, siempre la he considerado la energía creativa justa. La he visto siempre en si misma buena y necesaria para la transformación del mundo y para dirigir la historia hacia un fin de plenitud, donde la unidad de la humanidad es el fruto de la amorosa e infinita comunicación de las diferentes subjetividades. Porqué luego no ocurría este proceso, lo he comprendido poco a poco. Los hombres religiosos son los que saben que tienen un fin, aunque luego delegan en Dios para realizarlo. Ellos no tienen, ni la fantasía suficiente para imaginarlo, ni los medios para realizarlo (por humildad y miedo ellos han renunciado) Este fin, de todos modos, está más allá de la historia, por lo que actuar para la transformación del mundo no tenía sentido. Como mucho podía salvar personalmente, pero al mundo sólo Dios podía pensarlo. Los laicos habían descubierto el poder de su actuación en todos los campos, transformaban y desarrollaban extasiados por una exaltación que les ha hecho perder el control de sus mismas acciones. Quizás esto, o quizás también la reflexión sobre el hecho de que su hombre total era abstracto, más desencarnado que el de los religiosos, más semejante a la ley y a la organización que a la persona real, los ha desanimado para la consecución de su fin histórico. Ellos ni siquiera han tenido el valor de hacer hipótesis sobre una historia pacificada en sus contradicciones, pero infinita en sus posibilidades creativas; y ellos no teniendo la fe, ni siquiera han podido delegar en Dios para pensarlo. Por eso la cultura laica oscila siempre entre la omnipotencia y el nihilismo; o sea: el hombre lo puede todo y no tiene necesidad de ninguno, o bien, ya que todo muere, nada tiene sentido. Caminar en estas culturas con la atención y la ilusión de ponerlas en relación; mejor dicho, en integración, siempre ha sido mi deseo, aunque ambas están fuertemente carentes en sí mismas, además de las reciprocas adquisiciones. Deseo que nasce de la necesidad de proyectar el fin de la historia (no el final de la historia) como plenitud personal y posibilidad de relación total con cada uno: esto es lo que yo llamo Comunidad. Pero con el paso de los años me he dado siempre más cuenta de lo que ocurría dentro de mí con extrema naturalidad y como lógica coherencia de un pensamiento, de un proyecto, no era igualmente automático en quien me rodeaba. Los hombres, afligidos como estaban por miles de contradicciones, no alcanzaban ya a distinguir una práctica coherente, tanto en su deseo de relación, como en la necesidad de fundamentar continuamente la propia identidad y diferencia. Teniendo claro mi fin, podía usar las dos culturas e integrarlas como instrumentos homogéneos, aunque no suficientes todavía. Ellos eran, de todos modos, mi patrimonio histórico, que me permitía dar saltos adelante con relación al deseo-exigencia de ponerme en las hipótesis con las que encausar experimentaciones y hacer proyectos comunicables, mientras que para los demás todo esto continuaba siendo un problema. Veía siempre más claro cuánto era el patrimonio religioso el lenguaje homogéneo para comunicar la experiencia de humanidad de la que todos eran portadores, cuánto sólo éste podía dar una perspectiva infinita, mínimamente comunicable, para poder llegar a ser fin histórico y dar sentido y orientación a toda la actuación de los hombres. Y naturalmente identificaba en la cultura laica la viveza de la búsqueda, de la creatividad, la experiencia del poder de uno mismo apta para transformar y plasmar el mundo según nuestras expectativas. Le reconocía todos los requisitos para dar sentido y dirección a la historia, como plenitud y expresión de uno mismo en la relación. Estas culturas, en mi persona, se unían y respondían ambas a la necesidad que mi vivir en dinámica hacia un fin pedía. Y es en medio de estas reflexiones de reconocimiento donde he recorrido de nuevo, conscientemente, la experiencia de mi persona como heredera del Eterno, porque sólo a ella (es decir a nosotros conscientes de ser nosotros) le es posible conjugar el tiempo con el Eterno, en un infinito llegar a ser siempre más persona comunicante. Y es esta la cualidad que, aunque vivimos y de la que siempre tenemos más exigencia, pero que ni siquiera sabemos balbucear el nombre, la que es colocada en la historia y esto es: es necesario dar a la historia, en su complejo de naturaleza y cultura, la creatividad infinita de la persona (Obviamente la acepción de Historia, en mi lenguaje, tiene siempre el significado de relación entre los hombres y entre estos y el medio ambiente impregnados de la misma cualidad que la persona ). Esto, que conjugaba dentro de mí con naturalidad y que daba sentido a mi vida, gusto a mis gestos, horizonte a mi esperanza, era un recorrido humano que me precedía en sus diversas partes, pero que sólo dentro de mí como persona (por tanto como posibilidad en todas las personas) se componía como creatividad y amor de los hombres, Creación y Amor de Dios. A este encuentro he dado en nombre de Fe, y en este nombre está contenido un conjunto de operaciones: está la contemplación del amor de Dios en la profunda exigencia de infinitud del hombre, está la contemplación del amor del hombre en su fatiga histórica por la realización, y luego está la creatividad de la persona que contempla y da a los dos procesos el mismo nombre de Amor. La fe es el acto creativo que puede hacer la persona, independientemente de su matriz cultural. Tanto la cultura religiosa como la laica no pueden acceder a la fe: estos son lenguajes e instrumentos. La fe es sólo de la persona y no es, ni siquiera, un don de Dios. Esta surge en Dios de Su amor por el hombre, como en el hombre surge de su amor por el Otro. La fe es reconocer en el otro el sentido de la propia vida para que el Amor creativo, que nos ha dado unicidad, pueda transformarse en comunión sin perderse. La fe no es, por lo tanto, una prerrogativa de los religiosos; al contrario, en algunos aspectos los laicos están totalmente más próximos, porque comprenden que el Anuncio es una revelación de las cualidades divinas en el hombre y es al hombre a quien es confiada la proyección de una historia como expresión de elecciones de Amor. Viendo la historia y la importancia del hombre en este contexto, me siento más cercana a los laicos que a los religiosos, los cuales en cambio ponen toda la importancia en Dios. Pero esto ahora ya no basta, tanto para unos como para otros. Para la continuidad de la vida, del desarrollo y, sobre todo, de la esperanza en un futuro homogéneo a nuestras expectativas, siempre más complejas y cualitativamente más refinadas, es necesario desplazar la importancia del Dios “religioso” o del hombre “laico”, a la “relación entre las personas, sean éstas divinas o humanas” Esto presupone un acto creativo, o sea, un acto de fe, ¿pero, cómo suscitarlo?, ¿cómo transmitirlo? Esto es propio de la persona, y ¿quién entra en la celosa y misteriosa soberanía de la persona? Ocupémonos ahora del por qué la cultura laica no se atreve a llamar “fe” a su esperanza en el hombre, y “amor” a su actuación para transformar el mundo. También en la cultura laica están presentes los mismos miedos a lo desconocido, que en la cultura religiosa son exorcizados a través de la mediación de figuras tranquilizantes, con las que se establece cierto tipo de comercio. En la cultura laica, en cambio, la tendencia es a excluir todo aquello que no es mensurable, verificable, previsible, argumentable; por eso se restringe el campo de la perspectiva a lo generalizable u objetivo, en cuanto que todos, en base a sus códigos, reconocen y llaman de la misma manera. También cuando se imagina la anarquía final como libre realización de sí mismo, no se tiene la fantasía de nombrarla como proyecto y elección de Amor, y de determinarla como revelación del propio sí mismo infinitamente creativo. La cultura laica no se atreve a suponer una vida infinita, tiene necesidad de la muerte para medirla y catalogarla. Este es su límite radical, límite que puede transformarse en omnipotencia para la muerte. Sin la imaginación para proyectarse en una vida infinita, la vida subjetiva de cada hombre, que termina con la muerte, no se puede dar sentido ni a sí misma, ni a la historia. Tanto la dimensión personal como la comunicativa (histórica) deben ser contemporáneas, por lo menos en la cualidad, para que la una y la otra tengan sentido. Los intentos hasta ahora realizados por su caracterización parcial o enunciación ideológica, con normas demagógicas, veleidosas o fideísticas (uso el término fe en negativo en este contexto), no han llevado a grandes resultados. Estas tensiones, en efecto, si son movidas siguiendo más el deseo que la razón, aunque esta si está desarrollada en un contexto racional y al deseo, en el mismo contexto, se le da muy poca importancia. Considerándolo bien, el deseo-exigencia del hombre es poco serio, es un “engaño” Ahora, la novedad radical de Nova Cana, nacida de mi experiencia mística, consiste en el hecho de que el deseo no es ni poco importante, ni falso, pero es “nuestra posibilidad real anunciada”; deseo que yo llamo frecuentemente exigencia, porque es más fácilmente individuable como dinámica, inspiración, identidad del hombre, conciencia, encuentro humano-divino, posibilidad, creatividad, no adecuación al dato biológico-racional. Tantas maneras para decir que es en nuestra misma experiencia más verdadera y profunda donde nos encontramos a nosotros, a Dios y a los demás como sentido, esperanza, necesidad de trasbordar de nuestro único mundo al de los demás. Encuentro que en la cultura laica no sea tan difícil el paso hacia la fe, porque esta ya sabe que ninguno puede ayudar al hombre a salir de sus límites, sino él mismo: ninguno puede redimirlo o salvarlo. Debe “por fuerza” esperar en la intencionalidad positiva del género humano, en su capacidad de progresar aprendiendo, creando y transformando, y es en base a estas reflexiones como puede proyectar la convivencia humana siempre más hacia las “exigencias de libertad, justica, bienestar generalizado”. Sus instrumentos, que van desde la ley a las instituciones democráticas, a los derechos humanos, tienden todos a ocuparse del bien común, reservando a la persona sólo un pequeño espacio de libertad. El discreto éxito de estos instrumentos, ya no es hoy proporcional a las expectativas de los ciudadanos, que han desarrollado exigencias siempre más adecuadas a la cualidad-finalidad de la vida. En pocos decenios se han agotado las expectativas más urgentes que la humanidad se había puesto durante milenios. El hombre también muere en la abundancia y en la libertad. La muerte ha dejado anacrónico el esfuerzo que el hombre hace para cualificar la calidad de la vida. La misma curiosidad ya no estimula el conocimiento en las jóvenes generaciones, porque lo que todos debemos aprender, para orientarnos en lo cotidiano, pasa de tal manera veloz que nos quita tiempo e imaginación. Abundancia y coste de todos los bienes han quitado a la cultura laica lo suyo específico, que era la construcción de una sociedad perfecta y feliz. También el lenguaje religioso, en esta crisis, ha sido vaciado de su contenido. Todos los instrumentos que esta civilización ha producido para mejorar las condiciones humanas, se ha visto, en la libertad, que pueden ser usados exactamente para lo contrario. Y también usados con las mejores intenciones pueden, igualmente, originar el fin del mundo. Este pensamiento siempre empuja a más gente a dejar lo racional, que es la base de la cultura laica, para seguir lo irracional en lo que sea posible dar espacio a lo desconocido, al misterio, al “posible”, del que siempre tiene más necesidad para continuar el esfuerzo que el vivir lleva consigo. Un irracional pre-religioso, panteísta, muy próximo a la religiosidad natural y muy lejos de nuestra civilización. Esta es la pérdida más grave para la humanidad, comparable a la misma destrucción de la vida. No se puede renunciar, efectivamente, a tener al hombre como parámetro, aunque abstracto, ni renunciar a su instrumento principal, la razón (aunque ésta es de todos modos insuficiente, si queremos continuar para reconocernos hombres, personas y comunidad). Es esta la característica de nuestra civilización occidental que ha producido valores universales, como es el reconocimiento de la humanidad en todo hombre. Con el término “persona” ésta ha querido especificar la inalienable unicidad de todo individuo particular puesto en la libertad de ser lo que quiere ser. Y con el término “comunidad” ha reconocido a todos los hombres como sujetos históricos, que actúan para hacer así que las relaciones y los acontecimientos tomen la vía del desarrollo y de la comunicación, antes que la de la casualidad o de la entropía. El valor de la cultura laica es el de la autoreferencia. El habernos obligado a mirarnos dentro nos ha permitido descubrirnos inteligentes, conscientes y buenos. Hemos descubierto que nuestra existencia era digna de ser vivida, hemos asumido nuestra humanidad como valor. Esta cultura sin Dios ha producido una visión del hombre que ha corregido la visión que la cultura religiosa tenía de Dios. Y las dos imágenes ahora, finalmente, pueden reflejarse y reconocerse. A pesar de que el recorrido de la cultura laica se aproximase siempre más a los contenidos de la fe y de la visión mística, superando con mucho, a la cultura religiosa en su repetitividad y visión estática, no ha llegado, sin embargo, al acto creativo de fe. Suponer al otro como la propia felicidad es una operación implícita en aquel deseo-exigencia del corazón humano al que se da poca importancia y que, ni el lenguaje ni la razón, se atreven a definir y circunscribir. Todo esto continúa quedando entendido, lo que motiva la existencia personal, pero no surge como lenguaje comunicante. Concientizar lo implícito es, por tanto, el espacio que yo he encontrado, tanto en la cultura laica como en la religiosa. El próximo paso, que no puedo dar sola, pero que espero realizar con ustedes, es el de reconocer, desde los umbrales del no retorno al pre-humano, al pre-religioso, al prehistórico, al pre-racional. Ciertamente, lo que hemos alcanzado no nos descarga de los problemas de la historia, ni nos garantiza la felicidad personal; al contrario, nos impone una responsabilidad personal y común que parece desproporcionada a nuestras posibilidades. Pero este es el camino del hombre hacia la propia humanidad plena y, en la medida en que él sepa expresarla, se podrá reconocer Divina. Para pasar del estado de conciencia del hombre de hoy al futuro, hay verdaderamente necesidad de la fe, no sólo como confianza genérica, sino como acto creativo y consciente. Acto que añade a la verificabilidad de la razón, la posibilidad de proyectar lo nuevo, lo inexplorado, legitimado por el deseo-exigencia. Mejor dicho, tal deseo-exigencia es el único punto dinámico y coherente en el que reconocernos, identificarnos y proyectarnos, si el fin de la historia lo continuamos para querer y para producir como realización personal y felicidad infinitamente comunicante. Esta realidad, que ya está en nosotros y entre nosotros, es reconocida, valorada y disfrutada. La cultura laica debe desplazar sus valores de la justicia al Amor, para que el mundo pueda continuar viviendo y desarrollándose. La responsabilidad histórica de tal cultura es la de haber colocado al hombre en el centro de su interés, pero éste es verdaderamente su mérito, al que todas las generaciones estarán agradecidas. Ya que hoy al no darse los atributos divinos no nos permite, ni siquiera, reconocernos hombres, la medida tanto de la cualidad de Dios como la de los hombres se vuelve amor recíproco. Esta medida es ahora sólo la que el hombre puede usar para reconocerse a sí mismo. Nuestra historia es un largo camino de toma de conciencia. Ha sido una audaz proyección hasta la perfección, que es el concepto de lo divino visto, antes fuera de nosotros que dentro. Ahora sabemos que ya no nos basta la proyección, estamos maduros para la encarnación. Este es el sentido del Apocalipsis que colma a nuestra generación. La lectura de la historia como creatividad singular de todos los hombres, mediante la que éstos se han expresado a sí mismos, y el amor para todos, es lo que propongo para alimentar la esperanza en el futuro y el amor por los demás. En el amor hay espacio para todos, también para el Creador. Esta clave me responde, me hace cada día capaz de hacer comunidad, de estar disponible para acoger al otro, tanto en su necesidad como en su originalidad; el que llena de sentido mis gestos y de gusto mi historia, y me hace contemporánea de lo posible como fuente creativa de lo real.

Angela Volpini - Casanova Staffora, 1 de noviembre de 1992
…En un primer análisis no me parece muy profunda la diversidad entre el pensamiento del que era portadora y el de mis contemporáneos, sean éstos laicos o religiosos. El sentirme sustancialmente unida con el pensamiento general, tanto religioso como laico, me impulsa a observar las normas de estos dos mundos, para tratar de distinguirlos el uno del otro y para distinguirme subjetivamente de ellos. Mi lenguaje, de todos modos, pertenecía al mundo religioso, y fue natural que con éste tuviera las primeras confrontaciones. Me he dado cuenta, ba
La cultura laica
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