mujer, que encuentra y ama a un hombre, piensa en inspirarlo y ayudarlo a transformar el mundo en el signo del amor, de la paz, de la justicia, de la amabilidad y de la belleza. Cada vez sueña con poner en el mundo, con el propio hombre, a una persona nueva. Una persona liberada del dolor, del mal y de la muerte; una persona que pueda libremente amar en su originalidad y ser acogida por el resto de la humanidad con alegría y entusiasmo. Pero cada vez la mujer vuelve a caer en la dura realidad de parir en el dolor, en la injusticia, en la guerra, en el mal y en la muerte como resultado de todos los límites y horrores que esta humanidad arrastra consigo. Sin embargo la mujer no pierde la esperanza en la vida, tanto personal como histórica. Cada vez no sólo genera la vida, sino que siempre se hace cargo. Cada vez cría, educa, ama y, muy frecuentemente, alimenta a su prole. Lo hace mientras su hombre, en la mejor de las hipótesis, trabaja para la familia, pero mucho más frecuentemente él está buscando cambiar el destino de su vida con todo tipo de excusas, proyectos o acciones. Muchas veces estos proyectos o acciones son “guerra” y otras veces “mercado”. En un tiempo guerra y poder hegemónico eran sinónimos de terror para todas las mujeres y, algunas veces, jactancia para los hombres. Ahora la guerra siempre tiene su nombre de horror, pero el poder ha refinado su nombre: se llama “mercado”. Pero con guerra, poder y mercado las mujeres siempre deben sacar las cuentas. Ellas son dos, tres, cuatro veces víctimas de los mismos horrores: si son madres, ven a sus hijos mayores que van a morir por causas casi siempre absurdas y los hijos pequeños son empujados a la indigencia, a la ignorancia y a la marginalidad sin perspectivas; cuando son esposas, frecuentemente, tienen como perspectiva o el abandono o la viudedad, o bien la emancipación forzada que muchas veces quiere decir doble trabajo para mantener a toda la familia. Y finalmente, por el hecho de ser ciudadanas femeninas, todo pasa sobre ellas, sin que ellas puedan decidir nada, sino sólo soportar el peso de las decisiones de otros, decisiones que maduran siempre en una cultura masculino-céntrica. A menudo en estos contextos, lacerantes para todo espíritu humano, la mujer debe hacer frente a todas las necesidades educativas y económicas manteniendo, entre otros, lo esencial para una civilización humana: el amor por las personas y la esperanza en un futuro de justicia. Los hombres se dejan arrastrar por las pasiones ideológicas abstractas de justicia, de paz y de bienestar. Las mujeres, con lo poco que tienen, construyen cada día, como Penélope, su trozo de paz, de justicia, de bienestar y de amor, criando a los hijos y previendo a sus necesidades.
Las mujeres cristianas no son distintas de las musulmanas, de las indias orientales, de las de África, de las de América del Sur: ellas tienen siempre la responsabilidad de proveer a todo lo preciso para la prole, de educarla y de mantenerla. El padre muchas veces está ausente, o tiene una función marginal. Pero quien debe afrontar el pequeño problema de cada día siempre es la mujer, que para dar de comer a los propios hijos se inventa miles de modos diferentes. También yo soy hija de campesinos pobres, de una zona fuera de los polos de desarrollo. También yo sé que, mientras el padre sembraba y recogía el grano en el tiempo de nueve meses, mi madre debía inventarse cada día qué darnos de comer. Y es desde estos recuerdos como he comprendido que la creatividad de la mujer no se ha podido expresar en grandes obras porque estaba totalmente empeñada en resolver el problema del pan cotidiano para las propias criaturas. Pero, ¡qué creatividad! Ciertamente no era menor que la de Leonardo da Vinci .Y si pienso que todas las mujeres pobres son las que han mantenido y hecho avanzar el mundo, mi corazón se conmueve hasta lo increíble y mi esperanza se dilata hasta abrazar el universo…

Angela Volpini - Casanova Staffora - 19 de abril de 1997
La misión de la mujer
La misión de la mujer
...Intentaré describir como veo a las mujeres, como las siento y qué me han dicho ellas cuando han perdido el pudor de hablar de su amor y de su visión del mundo. Lo han hecho con tanta timidez, con tanto miedo, como si hablándome se profanase su visión y su esperanza. He comprendido totalmente en qué consiste la frase dedicada a María: ”Y guardaba estas cosas en su corazón”. Cada mujer guarda en su corazón el misterio de amor de nuestro origen y, al mismo tiempo, la esperanza de que este misterio de amor se extienda en la historia. Cada mujer
Fragmentos de una nueva visión del hombre
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