En el Evangelio de San Juan, 15, 9-17 (La vid y los sarmientos):

"Ninguno tiene amor más grande que aquel que sacrifica la propia vida por sus amigos. Vosotros seréis mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace el señor; os he llamado amigos, porque os he hecho conocer todo lo que he oído de mi Padre. No sois vosotros quienes me habéis elegido a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto sea duradero; para que cualquier cosa que vosotros pidáis al Padre en mi nombre, El os la conceda. Esto os mano: amaos los unos a los otros”

Y mientras reflexionaba sobre el aspecto más característico de la amistad que es la comunicación plena, la visión transparente del otro, me venía a la mente como María se ha colocado frente a mí. Ella me ha hecho conocer sus procesos, sus elecciones, sus actos creativos, sus pensamientos, sus esperanzas, sus emociones. Me las ha hecho conocer como una amiga que ha encontrado a otra después de mucho tiempo y no quiere dejar nada escondido, precisamente, como Jesús dice en el Evangelio: ”Os he llamado amigos, porque os he hecho conocer todo lo que he oído de mi Padre”. También María me ha hecho conocer todo lo que Ella ha pensado e intuido del Padre. Me ha hecho conocer la maravilla de la comunión entre creador y criatura y ¡qué otra cosa podía hacerme conocer María sino la cosa más preciosa que poseía: su relación con el Padre que hace posible la encarnación del Hijo! Los amigos, por lo tanto, se confían las cosas más íntimas y más preciosas. Jesús habla a sus discípulos de su relación con el Padre. María me habla de su relación con el Padre. También yo creo que os he tratado siempre verdaderamente como amigos, porque os lo he puesto todo para haceros conocer lo que yo experimentaba, sentía, conocía, veía, gozaba en la relación con María. También yo os he dado la cosa más íntima, la más preciosa, ¡ y cuánta fatiga, cuánta búsqueda para transmitirla sin traicionarla! Todos ustedes habrán tenido experiencias de amistad y se habrán alegrado de las confidencias el uno del otro y de las cosas bellas que le sucedían al amigo y habréis, ciertamente, valorado también la importancia de la amistad en las cosas menos bellas. En las situaciones difíciles de la vida un amigo nos ayuda a afrontarlas, porque él no nos hace sentir solos jamás. El amigo es el prototipo de la exigencia del otro hombre, aquel otro que, aunque no lo eliges como amigo, cuando lo encuentras, quisieras ser acogido por él, reconocido y no quisieras defenderte jamás. El amigo es la imagen de una relación libre y amorosa con los demás, a la que todos secretamente aspiramos y para la que estamos hechos y predispuestos. En nuestro interior tenemos deseo absoluto, exigencia ilimitada pero, frecuentemente, no tenemos bastante fe o valor para creerlo posible. Extender a cada hombre la cualidad de la relación de amistad es un deseo que todos tenemos, pero que, precisamente, lo conservamos como deseo antes que hacer un acto creativo. Mirar a cada uno como al amigo y hacerse transparentes, confiarle nuestros secretos más íntimos, nuestra visión del Padre y de nosotros es ciertamente imaginar un poco lo que nosotros llamamos paraíso. Para mí, en cambio, ha sido una aventura diferente: después del encuentro con María tan maravillosamente realizadora, he pensado que toda relación debería tener un poco de aquella cualidad. Y así he empezado aquel largo camino que he llamado ”persona y comunidad”, que ha caracterizado toda mi vida (47 años),para que aquello que normalmente era colocado en el cielo pudiera nacer también en la tierra. Me ha parecido natural continuar en la historia de todos nosotros lo que María había empezado en su persona y Cristo había completado en el tiempo de su vida. ¿Qué sentido tendría el cristianismo, la fe, la vida, si esto no fuera posible? Traté entonces de comunicar, a cuantos se me acercaban, el valor de la persona humana: hacer comprender cuán importante somos cada uno de nosotros, por el hecho de ser nosotros y no otro. En ser precisamente nosotros tenemos sentido infinito y somos la gloria del Padre, porque sólo nosotros, en nuestra absoluta originariedad, podemos establecer una relación única y original con el Padre. El es la unidad del amor, nosotros la diversidad de la creación y es sólo así como puede haber relación, intercambio y sentido reciproco. Ser persona es lo absoluto de cada uno de nosotros y sólo nosotros podemos ponernos en relación amorosa con los demás. Este es nuestro acto creativo, que nos hace asemejarnos al Padre en la creación y es lo que ha comprendido María. Lo ha hecho cambiando la historia de la humanidad y, al mismo tiempo, ha respondido al deseo del Padre. El esperaba esto de su criatura: que ésta se reconociera para reconocer la realidad de Amor que mediaba entre Creador y Criatura, con el fin de que esta última pudiera llamar Padre a Aquel que estaba cubierto por el misterio de la omnipotencia. Hacer descubrir la importancia de ser persona, sujeto único con posibilidad de apertura creativa y amorosa hacia todo, ha sido uno de los aspectos de mi empeño de amor hacia el prójimo; el otro aspecto ha sido la construcción de la comunidad histórica.
Y por comunidad histórica entiendo la calidad de las relaciones entre las personas que, precisamente, deberían estar caracterizadas todas por la amistad y el amor. Si cada uno de nosotros es capaz de desear un mundo de amor, un Dios de amor, a sí mismo como amor ¿por qué no intentar serlo y hacerse amor? La comunidad histórica de la que siempre he hablado como complemento de la persona es, precisamente, imaginar como posible e intentar probar a hacerla, la relación entre las personas como relación de amor y de creatividad. De amor, porque es la actitud inicial de confianza que llama amigo a aquel que encuentra, a aquel que está junto a él mismo, a aquel que está contigo en este tiempo histórico en la tierra. La actitud que de lo particular se va a lo universal y viceversa es consecuente a una actitud de apertura amorosa en la que los demás son siempre vistos como amigos, jamás como enemigos o extraños. Y con estos otros, hacia los que estás predispuesto en la actitud, será quizás posible comunicar los deseos y proyectos que tienes para tu vida y la historia. “El tiempo de tu tiempo”. Si efectivamente reconoces al otro como amigo, podrás también descubrir aquellas cualidades únicas que cada uno de nosotros posee originalmente y a través de las que podemos terminar juntos la transformación del mundo y organizar nuestra convivencia en una competición creativa y solidaria, donde cada uno trabaja para la propia expresión y para el bien de todos. El pensamiento y la acción no estarán ya divididos entre el mío y el tuyo, entre el yo y los otros, entre mi bien y la indiferencia por los otros, sino que natural y automáticamente el pensamiento de uno mismo será puesto inmediatamente en relación con los otros, como plenitud natural del sí mismo. Es frente a los otros como cada uno toma conciencia plenamente de sí mismo y es, en la elección de la clase de relación que quiere tener con el otro, como se inaugura su paraíso o su infierno. Deberíamos dirigir la historia, por tanto, hacia una comunidad de amigos, para poder ser felices ya desde ahora. He hecho coincidir la relación “entre amigos” con la fiesta del aniversario de la primera y la última aparición de María en este lugar, porque Ella ha venido entre nosotros también como amiga de de todos nosotros, y ha venido para recordarnos la posibilidad que cada uno de nosotros tiene de realizarse y de realizar el Reino de Dios en la tierra, que es precisamente comunidad de amigos. María sufre y Cristo también. Estamos acostumbrados a pensar, o así nos hacen pensar, que sufren por los pecados de los hombres que suenan como ofensa a la ley del creador. Indudablemente en los sufrimientos de Cristo y de María estará también este aspecto, pero el sufrimiento que ella me ha manifestado es, sobre todo, considerado por el hecho de que los hombres no reconocen o no conocen las posibilidades que tienen en el ser personas. Son como el Rey que va a mendigar al Rey de los Reyes su realeza. Pero el Rey de Reyes, que es el Padre común, no puede darnos lo que ya tenemos porque El nos lo ha dado desde siempre y para siempre. Sólo debemos reconocérnoslo.
La primera criatura que ha reconocido la realeza de la persona humana ha sido María, la primera que, reconociéndose, ha podido reconocer al Padre como Amor creativo y encarnar al hijo Dios, que nos ha revelado con toda su vida el verdadero rostro del Padre. Ella no cesa de continuar su vocación reveladora de la grandeza de la persona humana para que ésta pueda reconocerse divina. María sufre al vernos sin sentido y como nos abandonamos al dolor. Pero además de aparecerse para mostrarnos la continuidad de la vida y la gloria de su cuerpo, como indicación del valor de nuestra existencia física y singular motivada por el amor, ¿qué otra cosa puede decirnos? Nuestra amiga, nuestra madre, la primicia de las criaturas, la humanidad gloriosa que contempla el Hijo en su Divina Humanidad, puede sólo continuar para decirnos:”Amigos míos, hijos míos, somos todas personas, los herederos de Dios ahora y siempre. Ahora podemos empezar a vivir en el amor, si queremos. Y el sufrimiento y la muerte serán vencidos por el amor y por la creatividad”.

Angela Volpini - Casanova Staffora - 5 de junio de 1994
…Esta, en efecto, está hecha de reconocimiento, de comunicación, de consolación, de promoción, de afecto y de alegría y está exenta de todo tipo de vínculo, es gratuita y está abierta en todas las direcciones. La amistad prefigura aquella relación no necesitada y de pura gratuidad y abundancia que los creyentes representan en el Reino y los no creyentes en la sociedad perfecta. Una relación que no tiene obligaciones y deberes, que se mueve y crece en la libertad.

¿Qué es, por tanto, el “amigo”?

La relación entre amigos
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