Padre Bonaventura Raschi
fiaba de el. Luego, poco a poco, he comprendido que no sabía discernir entre el amor y el sentimiento; es decir, una acción bella y sentimental pero no esencial. Gradualmente me he ido distanciando porque no veía la distinción entre lo esencial y el contorno.
Finalmente, en lugar de ser guiada, era yo quien lo guiaba a él. Esto tampoco es del todo verdadero, porque era muy anciano y no me lo hubiera permitido. Quiero decir que ya no era un punto de referencia.
El Padre Bonaventura Raschi, franciscano conventual de Génova, fue el fundador de la Piccola Cittá dell’Immacolata” (Pequeña ciudad de la Inmaculada). Lo he aceptado por el mucho amor que tenía por María. También ha seguido mucho a Adelaide Roncalli, la vidente de Bonate. Ha sido uno de los primeros en venir a Casanova, en 1948, y me ha seguido desde siempre. Conservo de él el recuerdo de un enorme frailón, con largas mangas, en las que jugaba a esconderme. Me había puesto de apodo el simpático nombre de “pollito de la Virgen”, al que juré mantenerme fiel. Desde 1957, durante cuatro o cinco años, me ha sostenido espiritualmente. Encontré en él la comprensión que, hasta ahora, me había sido negada por otros sacerdotes. Precisamente porque era un enamorado de la Virgen me fiaba
en la foto de la izquierda
Padre Bonaventura Raschi
(del libro-entrevista "Dove  posarono i suoi piedi",
de Ferdinando Sudati)
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